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página de filosofía de jesús ángel martín

cosmovisiones y mitologías


COSMOVISIÓN

El filósofo Wilhelm Dilthey introdujo el concepto de cosmovisión con la intención de caracterizar alas diversas representaciones del mundo que producen las sociedades humanas. Así, lo que caracterizan a una cosmovisión es el hecho de ser una visión total o integral del mundo.  De acuerdo con Dilthey, existen tres tipos de concepción del mundo. La primera se denominan naturalista o materialista y se caracteriza por ser un tipo de representación del mundo que se fundamenta en nuestras percepciones y sensaciones. La segunda se denomina voluntarista, ésta concibe al mundo como producto de una voluntad suprema y los conflictos que genera esta voluntad. Las del tercer tipo corresponden al idealismo objetivo y se caracterizan por sostener que el mundo de la percepción o de la experiencia sensorial es solo aparente y por afirmar la existencia de una realidad profunda de carácter no material sino ideal, constituida por valores que se denominan trascendentales en la medida en que son comprensibles, aunque no perceptibles por nuestros órganos sensoriales.

Las primeras cosmovisiones pertenecen al pensamiento arcaico y adquieren forma de mitología; cada cultura desarrollará sus propias mitologías y una de las que más trascendencia tuvo en Occidente es la mitología griega. Además de su repercusión ideológica ha quedado plasmada en el arte, especialmente en el arte renacentista.

A continuación tienes un resumen de los mitos griegos sobre el origen, sacados de la obra de Rober Graves y que a su vez proceden de la Teogonía de Hesíodo. Sin embargo no hay acuerdo unánime a la hora de definir los mitos por lo que al final incluyo algunas interpretaciones mitológicas procedentes de Homero o de tradiciones esotéricas, como el orfismo.

 

EL MITO OLÍMPICO DE LA CREACIÓN[1] 

En el principio de todas las cosas la Madre Tierra (Gea) surgió del Caos y dio a luz a su hijo Urano (dios del Cielo) mientras dormía. Contemplándola tiernamente desde las montañas, él dejó caer sobre ella una fértil lluvia que penetró en sus hendiduras secretas, y le hizo producir hierba, flores y árboles, con las bestias y las aves propias para cada planta. Esta misma lluvia hizo fluir los ríos y así se crearon los lagos y los mares.

Sus primeros hijos de forma semihumana fueron los gigantes de cien manos llamados Briareo, Giges y Coto. Después aparecieron los tres Cíclopes salvajes de un solo ojo, constructores de gigantescos muros y maestros herreros, con cuyos hijos se encontró Ulises en Sicilia. Se llamaban Brontes, Estéropes y Arges, y sus espíritus han habitado el volcán Etna desde que Apolo los mató en venganza por la muerte de Asclepio. 

LA CASTRACIÓN DE URANO

Urano engendró a los Titanes en la Madre Tierra, después de haber arrojado a sus rebeldes hijos, los Cíclopes, al Tártaro, un lugar tenebroso en el mundo subterráneo que está situado a la misma distancia de la tierra como la que hay entre la tierra y el firmamento; un yunque que cayera al Tártaro tardaría nueve días en tocar su suelo. En venganza, la Madre Tierra persuadió a los Titanes a atacar a su padre; así lo hicieron, dirigidos por Crono (personificación del tiempo y padre de los dioses), el menor de los siete, a quien ella armó con una hoz de pedernal. Sorprendieron a Urano mientras dormía y fue con esta hoz de pedernal que el despiadado Crono lo castró, sujetando sus órganos genitales con la mano izquierda (que desde entonces ha sido considerada como la mano del mal agüero) y lanzándolos al mar después, junto con la hoz, cerca del cabo Drépano. Pero algunas gotas de la sangre que manaba de la herida cayeron sobre la Madre Tierra, y ella parió a las Tres Erinias -furias que se vengan de los crímenes de parricidio y perjurio- llamadas Alecto, Tisífone y Megera.

Entonces los Titanes liberaron a los Cíclopes del Tártaro, y otorgaron la soberanía de la tierra a Crono.

Sin embargo, en cuanto Crono se encontró en posesión del mando supremo volvió a encerrar a los Cíclopes en el Tártaro junto con los gigantes de las cien manos, y después de haber tomado a Rea (madre de los dioses) por esposa, gobernó en Élide. 

EL DESTRONIAMIENITO DE CRONO

Crono se casó con su hermana Rea, a quien está consagrado el roble. Pero la Madre Tierra, y también su moribundo padre Urano, habían profetizado que uno de sus propios hijos lo destronaría. Así pues, cada año se tragaba a los hijos que le daba Rea: primero a Hestia (diosa virgen del hogar), luego a Deméter (diosa de la tierra cultivada) y a Hera (diosa del matrimonio), luego a Hades (dios de los muertos y señor del mundo subterráneo), y luego a Posidón (dios del mar).

Rea estaba furiosa. Dio a luz a Zeus (padre de los dioses y los hombres, según Homero), su tercer hijo, en plena noche en el monte Liceo, en Arcadia, donde ninguna criatura proyecta su sombra, y después de bañarlo en el río Neda, lo entregó a la Madre Tierra; ésta se lo llevó a Licto, en Creta, y lo escondió en la cueva de Dicte, en el monte Egeo. La Madre Tierra lo dejó allí para que fuera criado por Adrastea, una ninfa (divinidades menores que personificaban la neturaleza) del Fresno, y su hermana Io, ambas hijas de Meliseo, y por la diosa-cabra Amaltea. Se alimentaba de miel, y bebía la leche de Amaltea, junto con su hermano adoptivo, la cabra Pan.

Los Curetes, que eran hijos de Rea, montaban guardia armada alrededor de la cuna de oro del pequeño Zeus, la cual colgaba de un árbol (para que Crono no pudiera hallarlo ni en el cielo, ni en la tierra, ni en el mar). Los Curetes golpeaban sus escudos con sus lanzas para ahogar el ruido de su llanto, y evitar que Crono pudiera oírlo desde lejos. Pues Rea había envuelto una piedra con sus pañales y se la había entregado a Crono en el monte Taumacio, en Arcadia; Crono se la había tragado, creyendo que se estaba tragando al infante Zeus.

Zeus llegó a la edad viril entre los pastores de Ida, ocupando otra cueva; luego fue en busca de Metis, la Titánide, que vivía junto a la corriente del Océano. Siguiendo su consejo visitó a su madre, Rea, y le pidió que le nombrara copero de Crono. Rea le ayudó de buena gana en su tarea de venganza; le proporcionó la pócima emética que Metis le había encargado mezclar en el aguamiel de Crono. Después de tomar un buen trago, Crono vomitó primero la piedra y luego a los hermanos y hermanas mayores de Zeus. Salieron ilesos, y en agradecimiento le pidieron que los encabezara en una guerra contra los Titanes, quienes eligieron al gigantesco Atlante (hijo del titán Jápeto y de Clímene, o Asia) como jefe, pues Crono ya no estaba en la plenitud de sus fuerzas.

La guerra duró diez años, pero por fin la Madre Tierra profetizó la victoria para su hijo Zeus si éste tomaba por aliados a los que Crono había confinado al Tártaro. Así pues, Zeus se acercó sigilosamente a Campe, la carcelera del Tártaro, la mató, cogió sus llaves y después de haber liberado a los Cíclopes y a los gigantes de las cien manos, los fortaleció con comida y bebida divinas. Como consecuencias de este acto, los Cíclopes le entregaron a Zeus el rayo, como arma ofensiva; a Hades le dieron un casco de oscuridad; a Posidón un tridente. Después de que los tres hermanos hubieran celebrado un consejo de guerra, Hades entró sin ser visto en presencia de Crono para robarle sus armas; y mientras Posidón le amenazaba con el tridente, desviando de este modo su atención, Zeus hizo caer sobre él un rayo. Los gigantes de las cien manos empezaron entonces a coger rocas y a arrojarlas contra el resto de los Titanes, que huyeron despavoridos cuando la cabra Pan dio un grito repentino. Los dioses corrieron en su persecución. Crono y todos los Titanes, derrotados, con excepción de Atlante, fueron recluidos en el Tártaro, y guardados allí por los gigantes de las cien manos. Atlante, al ser su jefe de batalla, recibió un castigo ejemplar, pues le ordenaron sostener los cielos sobre sus hombros. 

EL NACIMIENTO DE ATENEA

Las propias sacerdotisas de Menea cuentan la siguiente historia sobre su nacimiento:

A Zeus le apeteció el contacto carnal con la Titánide Metis, quien adoptó formas muy diversas para escapar de él hasta que por fin la atrapó y la dejó encinta. Entonces un oráculo de la Madre Tierra declaró que daría a luz una niña y que, si algún día Metis volvía a concebir, daría a luz un niño destinado a deponer a Zeus, del mismo modo en que Zeus había depuesto a Crono, y Crono a Urano. Por consiguiente Zeus, después de haber persuadido a Metis con palabras melosas a tumbarse en un lecho, abrió de pronto la boca y se la tragó; éste fue el fin de Metis, aunque él luego alegaba que le daba consejos desde el interior de su vientre. A su debido tiempo Zeus se sintió preso de un horrible dolor de cabeza mientras paseaba por la orilla del lago Tritón; parecía que el cráneo le iba a estallar y se puso a chillar furiosamente hasta que todo el firmamento resonaba con su eco. Hermes se le acercó corriendo, pues en seguida adivinó la causa de la aflicción de Zeus. Persuadió a Hefesto a traer su cuña y su mazo para abrir una brecha en el cráneo de Zeus, y de él saltó Atenea (diosa de las ciudades griegas, de la industria, las artes, la sabiduría y la guerra), completamente armada, dando un tremendo grito. 

EL NIACIMIENITO DE AFRODITA

Afrodita, diosa del amor y del deseo, se alzó desnuda de la espuma del mar (según Hesíodo nació de los órganos de Urano; según Homero es hija de Zeus) y surcando las olas en una venera, desembarcó primero en la isla de Citera; pero como le pareció una isla muy pequeña, continuó su viaje hasta el Peloponeso, y finalmente se instaló en Pafos, en Chipre, que sigue siendo la sede principal de su culto. Allí donde ella pisara brotaban hierba y flores. En Pafos las Estaciones, hijas de Temis, corrieron a vestirla y adornarla. Se echa a volar acompañada de palomas y gorriones. 

HERA Y SUS HIJOS

Hera, hija de Crono y de Rea, después de su nacimiento en la isla de Samos, o, según algunos, en Argos, fue criada en Arcadia por Temeno, hijo de Pelasgo. Las Estaciones fueron sus niñeras. Después de haber desterrado a Crono, el padre de ambos, el hermano gemelo de Hera, Zeus, la buscó en Cnosos, en Creta, o, según dicen algunos, en el monte Tórnax, en Argólide, donde la cortejó, al principio sin éxito. Sólo se apiadó de él cuando se disfrazó de cuco enlodado y entonces lo calentó tiernamente contra su pecho. Él volvió a adoptar su forma verdadera y la violó, y ella se vio obligada a casarse con él por vergüenza.

Todos los dioses trajeron obsequios a la boda y entre ellos destacó el de la Madre Tierra que consistía en un árbol con manzanas de oro que regaló a Hera y que más adelante fue guardado por las Hespérides en el jardín que Hera poseía en el monte Atlas. Ella y Zeus pasaron su noche de bodas en Samos, y duró trescientos años.

Hera y Zeus tuvieron por hijos a las deidades Ares (dios de la guerra), Hefesto (dios del fuego y los herreros) y Hebe (diosa de la juventud), aunque algunos dicen que Hefesto era su hijo partenogenético, prodigio en el que Zeus no quiso creer hasta haberla aprisionado en una silla mecánica con brazos que se plegaban alrededor del asiento, obligándola así a jurar por el río Éstige que no estaba mintiendo. 

ZEUS Y HERA

Sólo Zeus, el padre de los Cielos, podía blandir el rayo, y fue con la amenaza de su fatídica descarga que lograba controlar a su pendenciera y rebelde familia del monte Olimpo. También ordenaba los cuerpos celestiales, decretaba las leyes, imponía juramentos y pronunciaba oráculos. Cuando su madre Rea, al ver los problemas que ocasionaría su lujuria, le prohibió casarse, él se encolerizó y amenazó con violarla. Aunque ella se convirtió instantáneamente en una temible serpiente, no logró intimidar a Zeus, quien se convirtió en una serpiente macho y, después de enroscarse alrededor de ella formando un nudo indisoluble, cumplió su amenaza. Fue entonces cuando empezó su larga serie de aventuras amorosas. Engendró a las Estaciones y a las Tres Parcas en Temis (titánide, diosa de la justicia y la ley), a las Cárites en Eurínome, a las nueve Musas (diosas de las artes) en Mnemósine (personificación de la memoria), con quien yació durante nueve noches, y, según dicen algunos, a Perséfone, la reina del mundo subterráneo. De este modo no le faltaba poder ni encima ni debajo de la tierra; y su esposa Hera le igualaba en una sola cosa: que todavía podía otorgar el don de la profecía al hombre o la bestia que ella quisiera.

Llegó un día en que el orgullo y el mal genio de Zeus se hicieron tan intolerables que Hera, Posidón (dios del mar), Apolo (dios de la luz y de la verad), y todos los demás dioses olímpicos, con excepción de Hestia, lo rodearon de pronto mientras dormía en su lecho y lo ataron con tirillas de cuero, haciendo cien nudos, de manera que no pudo moverse. Los amenazó con matarlos al instante, pero los dioses habían puesto el rayo fuera de su alcance y se rieron de él de modo insultante. Mientras celebraban su victoria y discutían celosamente sobre quién sería su sucesor, la Nereida Tetis, previendo una posible guerra civil en el Olimpo, corrió en busca de Briareo, el gigante de las cien manos, quien rápidamente desató las correas, utilizando todas las manos a la vez, y liberó a su amo. Ya que Hera había sido quien había dirigido la conspiración en su contra, Zeus la colgó de los cielos con un brazalete de oro en cada muñeca y un yunque sujeto a cada tobillo. Las demás deidades estaban indignadísimas, pero no se atrevieron a rescatarla, a pesar de lo mucho y de lo lastimosamente que se quejaba. Finalmente Zeus prometió liberarla si juraban no rebelarse nunca más contra él, cosa que hicieron todos, uno por uno, y de mala gana. Zeus castigó a Posidón y a Apolo enviándolos como esclavos al rey Laomedonte, para quien construyeron la ciudad de Troya; pero a los otros los perdonó, considerando que habían actuado bajo coacción. 

LAS PARCAS (o Moiras, diosas de la vida humana y el destino, representadas como tejedoras)

Hay tres Parcas unidas, vestidas con túnicas blancas, que Érebo engendró en la Noche, su hermana (Nix, hija del Caos): sus nombres son Cloto, Láquesis y Atropo. De ellas Atropo es la más pequeña en estatura, pero la más terrible.

Zeus, que sopesa las vidas de los hombres e informa a las Parcas de sus decisiones puede, según dicen, cambiar de idea y salvar a quien le plazca, cuando el hilo de la vida, hilado por el huso de Cloto y medido con la vara de Láquesis, está a punto de ser cortado por las tijeras de Atropo.

Por el contrario, hay quien cree que el propio Zeus está sometido a las Parcas, tal como confesó en una ocasión la sacerdotisa Pitia en un oráculo; pues no son hijas suyas, sino hijas partenogenéticas de la gran diosa Necesidad, contra la cual ni siquiera los dioses pueden luchar, y que es conocida por el nombre de «El Destino Fuerte». 

LOS NACIMIENTOS DE HERMES, APOLO, ARTEMIS Y DIONISO

El amoroso Zeus yació con numerosas ninfas descendientes de los Titanes o de los dioses y, después de la creación del hombre, también con mujeres mortales; engendró nada menos que a cuatro grandes deidades olímpicas fuera del matrimonio. Primero tuvo a Hermes con Maya, hija de Atlante, la cual dio a luz en una cueva en el monte Cilene, en Arcadia. Luego tuvo a Apolo y a Artemis con Leto, hija de los Titanes Ceo y Febe, transformándose y transformándola a ella en codornices mientras se ayuntaban; pero la celosa Hera envió a la serpiente Pitón a perseguir a Leto por todo el mundo, y decretó que no podría parir en ningún lugar donde brillara el sol. Transportada en alas del Viento del Sur, Leto llegó por fin a Ortigia, cerca de Delos, donde dio a luz a Artemis la cual, en cuanto hubo nacido, ayudó a su madre a cruzar los angostos estrechos y allí, entre un olivo y una palmera que crecían en la ladera norte del monte Cinto, en Delos, la asistió en el nacimiento de Apolo en el noveno día de su parto. Delos, que hasta entonces había sido una isla flotante, quedó fija en el mar para siempre y se decretó que nadie podría morir ni nacer allí: los enfermos y las mujeres embarazadas eran transportados en balsas a Ortigia.

Finalmente Zeus, disfrazado de mortal, tuvo relaciones amorosas secretas con Sémele (Luna), hija del rey Cadmo de Tebas, y la celosa Hera, disfrazada de vieja vecina, aconsejó a Sémele, que entonces ya estaba embarazada de seis meses, que le hiciera a su misterioso amante una petición: que no la engañara más y que se revelara ante ella adoptando su naturaleza y forma auténticas. De otro modo, ¿cómo podría saber que no era en realidad un monstruo? Sémele siguió su consejo y cuando Zeus le denegó su petición, ella le prohibió que siguiera compartiendo su cama. Entonces Zeus se encolerizó y se le apareció en forma de rayos y truenos, y ella fue consumida. Pero Hermes salvó a su hijo seismesino; lo metió en el muslo de Zeus, cosiéndolo después, para que madurara allí durante tres meses más, y una vez transcurrido el debido tiempo, asistió el parto. Por eso a Dioniso se le llama «nacido dos veces» o «el niño de la puerta doble».

 

OTRAS TRADICIONES MITOLÓGICAS 

LOS MITOS HOMÉRICO Y ÓRFICO DE LA CREACIÓN 

Hay quien dice que todos los dioses y que todas las criaturas vivientes surgieron del Océano que circunda el mundo, y que Tetis fue la madre de todos sus hijos. Pero los órficos dicen que la Noche de alas negras, una diosa por la que el propio Zeus siente un temor re­verente, fue cortejada por el Viento y puso un huevo de plata en el seno de la Oscuridad; y que de este huevo salió Eros y puso en movimiento el Universo. Eros era bisexual y tenía alas de oro, y con sus cuatro cabezas unas veces rugía como un toro o un león y otras silba­ba como una serpiente o balaba como un carnero. La Noche vivía con él en una cueva y se revelaba en forma de triada: Noche, Orden y Justicia. Ante esta cueva se sentaba la ineludible madre Rea, tocando un tambor de bronce para captar la atención del hombre y obli­garlo a escuchar los oráculos de la diosa. Eros creó la tierra, el cielo y la luna, pero la triple diosa gobernaba el universo hasta que su cetro pasó a manos de Urano. 

EL NACIMIENTO DE EROS

Hay quien sostiene que Eros, nacido del huevo universal, fue el primero de los dioses ya que sin él no podía haber nacido ninguno de los demás. Otros indican que era hijo de Afrodita y de Hermes, o de Ares, o del propio padre de Afrodita, Zeus; o que era el hijo de Iris y del Viento del Oeste. Era un niño muy desmandado, que no mostraba respeto alguno por la edad o las posiciones, y que pasaba el tiempo volando con sus alas de oro, disparando por doquier sus flechas armadas de lengüetas o encendiendo corazones a propósito con sus terribles antorchas.


[1] Cfr GRAVES, Robert. Los mitos griegos. 1981