apuntes sobre estética

filosofía práctica

ideas sobre educación

materiales didácticos

textos escogidos

alumnos

curiosidades

 

índice

 

 

página de filosofía de jesús ángel martín

materiales didácticos

Psicoanálisis:

 

FREUD, esquema del psicoanálisis (antología)

FREUD: esquema de su pensamiento (pps)

FREUD: el malestar en la cultura (antología)

FREUD: teoría de los tipos libidinales (texto de Tres ensayos sobre teoría sexual, seguido de un cuestionario)

 

 


 

FREUD, Esquema del psicoanálisis (selección)*

 

Las instancias psíquicas de la personalidad

Las nociones que tenemos de este aparato psíquico las hemos adquirido estu­diando el desarrollo individual del ser humano. A la más antigua de esas provincias o instancias psíquicas la llamamos ello; tiene por contenido todo lo heredado, lo innato, lo constitucionalmente estableci­do; esta parte arcaica del aparato psíquico seguirá siendo la más importante durante la vida entera. Con ella se inició también la labor investigadora del psicoa­nálisis.

Bajo la influencia del mundo exterior real que nos rodea, una parte del ello ha experimentado una transformación par­ticular.

El yo persigue el placer y trata de evitar el displacer. Responde con una señal de angustia a todo aumento esperado y previsto del dis­placer, calificándose de peligro el motivo de dicho aumento, ya amenace desde el exterior o desde el interior. Periódica­mente el yo abandona su conexión con el mundo exterior y se retrae al estado del dormir, modificando profundamente su organización.

Como sedimento del largo período in­fantil durante el cual el ser humano en formación vive en dependencia de sus pa­dres, fórmase en el yo una instancia especial que perpetúa esa influencia parental y a la que se ha dado el nombre de super-yo. En la medida en que se diferencia del yo o se le opone, este super‑yo consti­tuye una tercera potencia que el yo ha de tomar en cuenta.

De idéntica manera, en el curso de la evolución individual el super‑yo incorpo­ra aportes de sustitutos y sucesores ulte­riores de los padres, como los educadores, los personajes ejemplares, los ideales venerados en la sociedad. Se advierte que, a pesar de todas sus diferencias fundamen­tales, el ello y el super‑yo tienen una cosa en común; ambos representan las in­fluencias del pasado: el ello, las here­dadas; el super‑yo, esencialmente las re­cibidas de los demás, mientras que el yo es determinado principalmente por las vi­vencias propias del individuo; es decir, por lo actual y accidental.

Este esquema general de un aparato psíquico puede asimismo admitirse como válido para los animales superiores, psí­quicamente similares al hombre. Debe­mos suponer que existe un super‑yo en todo ser que, como el hombre, haya tenido un período más bien prolongado de dependencia infantil...

El super-yo puede plantear, a su vez, nuevas necesidades, pero su función principal sigue siendo la restricción de las satisfacciones.

...grandes partes del yo ‑y, ante todo, del super‑yo, al que no se pue­de negar el carácter de preconsciente‑, por lo general permanecen inconscientes en el sentido fenomenológico. Ignoramos por qué esto debe ser así.

Lo inconsciente es la única cualidad dominante en el ello. El ello y lo incons­ciente se hallan tan íntimamente ligados como el yo, y lo preconsciente, al punto que dicha relación es aún más exclusiva en aquel caso. Un repaso de la historia evolutiva del individuo y de su aparato psíquico nos permite comprobar una im­portante distinción en el ello. Original­mente, desde luego, todo era ello; el yo se desarrolló del ello por la incesante in­fluencia del mundo exterior.

 

La represión y los mecanismos de defensa. 

Denominamos instintos a las fuerzas que suponemos tras las tensiones causa­das por las necesidades del ello.

Hemos comprobado que los instintos pueden trocar su fin (por des­plazamiento) y que también pueden sus­tituirse mutuamente, pasando la energía de uno al otro, proceso éste que aún no se ha llegado a comprender suficientemen­te.

 

Las pulsiones

Tras largas dudas y vacilaciones nos hemos decidido a aceptar sólo dos instin­tos básicos: el Eros y el instinto de des­trucción. (La antítesis entre los instintos de autoconservación y de conservación de la especie, así como aquella otra entre el amor yoico y el amor objetal, caen todavía dentro de los límites del Eros.) El prime­ro de dichos instintos básicos persigue el fin de establecer y conservar unidades cada vez mayores, es decir, a la unión; el instinto de destrucción, por el contrario, busca la disolución de las conexiones, destruyendo así las cosas. En lo que a éste se refiere, podemos aceptar que su fin úl­timo es el de reducir lo viviente al estado inorgánico, de modo que también lo de­nominamos instinto de muerte.

En las funciones biológicas ambos instintos básicos se antagonizan o combinan entre sí. Así, el acto de comer equivale a la destrucción del objeto, con el objetivo final de su incorporación; el acto sexual, a una agresión con el propósito de la más íntima unión.

Al establecerse el super‑yo, considerables propor­ciones del instinto de agresión son fijadas en el interior del yo y actúan allí en for­ma autodestructiva, siendo éste uno de los peligros para la salud a que el hombre se halla expuesto en su camino hacia el desarrollo cultural. En general, contener la agresión es malsano y conduce a la en­fermedad (a la mortificación).

Una carac­terística de la libido, importante para la existencia, es su movilidad, es decir, la fa­cilidad con que pasa de un objeto a otros. Contraria a aquélla es la fijación de la li­bido a determinados objetos, que fre­cuentemente puede persistir durante la vida entera... 


 

* Cfr. FREUD. Esquema del psicoanálisis. Debate. 1998

 

 


SOBRE LOS TIPOS LIBIDINALES

La observación nos demuestra que los distintos individuos humanos realizan la imagen general del ser humano en variedades de casi infinita multiformidad. Si se quiere ceder al legítimo impulso de distinguir tipos particulares en dicha multiplicidad, habrá de comenzarse por seleccionar las características determinadas y los puntos de vista precisos a los cuales deberá ajustarse esa diferenciación. Con tal objeto, es evidente que las cualidades físicas serán tan útiles como las psíquicas, y las más valiosas serán por fuerza aquellas clasificaciones que se funden sobre la constante y regular combinación de características físicas y psíquicas.

Es dudoso que ya hoy se puedan revelar tipos que cumplan dicha condición, aunque seguramente se llegará a descubrirlos en el futuro sobre una base que aún desconocemos. Si limitamos nuestros esfuerzos a definir ciertos tipos puramente psicológicos, las condiciones de la libido son las que mejor derecho tienen para servir de fundamento a tal clasificación. Se podría exigir que ésta no se apoye únicamente sobre nuestros conocimientos o nuestras conjeturas acerca de la libido, sino que también sea fácilmente verificable en la práctica y que contribuya a clarificar la suma de nuestras observaciones, permitiéndonos arribar a una concepción global de las mismas. Admitamos sin vacilar que estos tipos libidinales no necesitan ser los únicos posibles, ni aun en la esfera psíquica, y que tomando otras características como base de clasificación podríase establecer toda una serie de distintos tipos psicológicos. Todos ellos deben ajustarse a la regla de no coincidir en modo alguno con cuadros clínicos específicos. Por el contrario, han de abarcar todas las variaciones que, de acuerdo con nuestros criterios prácticos de estimación, caen dentro de la gama de lo normal. En sus expresiones extremas, sin embargo, bien pueden aproximarse a los cuadros clínicos, contribuyendo así a colmar la supuesta brecha entre lo normal y lo patológico.

Ahora bien: Es posible distinguir tres tipos libidinales básicos de acuerdo con la localización predominante de la libido y en los distintos sectores del aparato psíquico. No es muy fácil denominarlos, pero, ajustándome a las orientaciones de nuestra psicología profunda, quisiera calificarlos de tipos erótico, obsesivo y narcisista.

El tipo erótico es fácil de caracterizar. Los eróticos son personss cuyo interés principal -la parte relativamente más considerable de su libido- está concentrado en la vida amorosa. Amar, pero particularmente ser amado, es para ellos lo más importante de la vida. Hállanse dominados por el temor de perder el amor, y se encuentran por eso en particular dependencia de los demás que pueden privarlos de ese amor. Aun en su forma pura, este tipo es harto común. Existen variantes del mismo que obedecen a las variables combinaciones con otros tipos y al agregado más o menos considerable de elementos agresivos. Desde el punto de vista socia1 y cultural, este tipo representa las dcmandas instintivas elementales del ello, a1 que las demás instancias psíquicas se han rendido dócilmente.

El segundo tipo, al que he dado el nombre, a primera vista extraño, de tipo obsesivo, se caracteriza por el predominio del super-yo, que se ha segregado del yo bajo elevada tensión. Las personas de este tipo se hallan dominadas por la angustia ante la conciencia, en lugar del miedo a la pérdida de amor; exhiben, por así , decirlo, una dependencia interna en vez de la externa; despliegan alto grado de autonomía y socialmente son los portadores de la cultura, con orientación predominantemente conservadora.

Las características del tercer tipo, justamente calificado de narcisista, son esencialmente de signo negativo. No existe tensión entre el yo y el super-yo, al punto que, partiendo de este tipo, difícilmente se habría llegado jamás a establecer la noción de un super-yo; no predominan las necesidades eróticas: el interés cardinal está orientado hacia la autoconservación: las personas de este tipo son independientes y difíciles de intimidar. El yo dispone de una considerable suma de agresividad que se traduce asimismo por su disponibilidad para la acción; en el terreno de la que vida amorosa, prefieren amar a ser amadas. Impresionan a los demás como "personalidades"; son particularmente aptas para servir de apoyo al prójimo, para asumir el papel de conductores y para dar nuevos estímulos al desarrollo cultural o quebrantar las condiciones existentes.

Estos tipos puros difícilmente escaparán a la sospecha de haber sido deducidos de la teoría de la libido. En cambio, nos sentiremos al punto sobre el sólido suelo de la experiencia si encaramos ahora los tipos mixtos, más frecuentemente observados que los puros. Estos nuevos tipos -el erótico-obsesivo, el erótico-narcisisla y el narcisisla-obsesivo- realmente parecen facilitar una buena clasificación de las estructuras psíquicas individuales, tal como se presentan en el análisis. Si estudiamos estos tipos mixtos, hallaremos en ellos cuadros caractéricos hace mucho conocidos. En el tipo erótico-obsesivo la preponderancia de los instintos está restringida por la influencia del super-yo; la dependencia simultánea de las personas que son objetos actuales y de los residuos de objetos pretéritos, como los padres, educadores y personajes ejemplares, alcanza en este tipo su máxima expresión. El erótico-narcisista quizá sea el más común de todos los tipos. Reúne en sí contrastes que en él logran atenuarse mutuamente; estudiando este tipo en comparación con los otros dos tipos eróticos, compruébase que la agresividad y la actividad concuerdan con un predominio del narcisismo. Finalmente, el tipo narcisista-obsesivo representa la variante culturalmente más valiosa, pues combina la independencia de los factores exteriores y la consideración de los requerimientos de la conciencia con la capacidad para la acción enérgica, fortaleciendo al mismo tiempo el yo contra el super-yo.

Parecería una broma si preguntásemos por qué no se ha mencionado todavía otro tipo mixto, teóricamente posible: el erótico-obsesivo-narcisista. Mas la respuesta a esta broma es seria: porque semejante tipo ya no sería tipo alguno, sino la norma absoluta, la armonía ideal. Adviértese así que el propio fenómeno del tipo sólo se da en la medida en que, de las tres aplicaciones básicas que la libido puede tener en la economía psíquica, una o dos sean favorecidas a expensas de la o de las restantes.

También cabe preguntarse cuál es la relación de estos tipos libidinales con la patología: si algunos de ellos disponen particularmente el paso hacia la neurosis, y de ser así, cuáles tipos conducen a qué formas de neurosis. La respuesta nos dirá que la postulación de esos tipos libidinales no arroja ninguna nueva luz sobre el origen de la neurosis. La experiencia nos demuestra, en efecto, que todos estos tipos pueden subsistir sin neurosis. Los tipos puros, con su indisputado predominio de una única instancia psíquica, parecen contar con mejores perspectivas de manifestarse como formaciones caractéricas puras, mientras que de los tipos mixtos cabe esperar que ofrezcan un terreno más fértil para los factores condicionantes de la neurosis. Creo, sin embargo, que no se debe abrir juicio al respecto sin realizar antes detenidas comprobaciones dirigidas especialmente a este fin.

Parece fácil deducir que, en el caso de desencadenarse la enfermedad, los tipos eróticos desarrollarán una histeria, y los obsesivos, una neurosis obsesiva, pero aun esta correspondencia se halla afectada por la incertidumbre mencionada en último término. Las personas de tipo narcisista, que a pesar de su independencia general están expuestas a ser frustradas por el mundo exterior, llevan en sí una disposición particular a la psicosis, como también presentan algunos de esos factores esenciales que condicionan la criminalidad.

Bien sabemos que las condiciones etiológicas de la neurosis aún no han sido establecidas con certeza. Sus factores desencadenantes son frustraciones y conflictos internos: conflictos entre las tres grandes instancias psíquicas, conflictos producidos en la economía libidinal, a causa de nuestra disposición bisexual; conflictos entre los componentes instintualcs eróticos y agresivos. La psicología de las neurosis se esfuerza, precisamente, por descubrir qué es lo que confiere carácter patógeno a estos procesos que forman parte del curso normal de la vida psíquica.

S. FREUD. Tres ensayos sobre teoría sexual, Alianza Editorial, págs. 114-118.

 

 

CUESIONARIO:

  1. Expresa esquemáticamente la estructura básica del texto.
  2. Analiza semánticamente los siguientes términos: Multiformidad, libido, patológico.
  3. Analiza semánticamente este enunciado: "Semejante tipo (el erótico-obsesivo-narcisista) ya no sería tipo alguno, sino la norma absoluta, la armonía ideal".
  4. ¿En función de qué criterio establece FREUD tres tipos libidinales?
  5. Señala los rasgos sobresaliente en cada uno de los tipos puros que FREUD describe.
  6. Haz lo mismo en el caso de los tipos mixtos.
  7. ¿Qué diferencia hay entre los tipos puros y los tipos mixtos? ¿Cuál de ellos tiene más tendencia a la neurosis y por qué?