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página de filosofía de jesús ángel martín

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Locomotora a vapor de E. Flachat, denominada ‘Atntee’

1.    LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL: LA ERA DE LA ELECTRICIDAD.

En las dos décadas finales del siglo XIX se abre paso una transformación profunda del proceso de industrialización, denominada segunda Revolución Industrial. En el campo de la energía, esta nueva etapa se caracteriza por el dominio de la electricidad, cuya aplicación general produce cambios revolucionarios tanto en la organización interna de la fábrica como en la situación y concentración de las industrias. El petróleo y sus derivados, utilizados en la generación de la propia electricidad y como combustibles del motor de explosión, son su complemento esencial. La turbina, el motor de explo­sión interna y el motor eléctrico fueron las invenciones clave.

La era de la electricidad aportó el empleo de materiales propios: nuevas aleacio­nes, materias térreas, metales más ligeros (entre los que destaca el aluminio), al tiempo que se crean compuestos sintéticos: caucho, celuloide, baquelita, resinas sin­téticas...

En este período, la ciencia conquista definitivamente un papel dominante en la industria, dejando de ser, en lo esencial, ciencia privada ‑desarrollada en los pe­queños laboratorios del científico/inventor aislado‑, para convertirse en ciencia in­dustrial, realizada esencialmente en los laboratorios de investigación de las grandes empresas por equipos de científicos e ingenieros y con inversiones cuantiosas.

Un cambio de trascendental importancia fue la incorporación de tecnologías orga­nizativas al proceso de trabajo; se pone en marcha la organización científica del trabajo.

a)     Las nuevas formas de energía

La electricidad tiene sobre otras formas de energía muchas ventajas; puede generarse a partir de un gran número de fuentes (combustibles fósiles, energía hidráulica, eólica, solar, geotérmica, de las mareas) y es convertible en varios usos: trabajo mecánico (motor), alumbrado (lámpara), calefacción (radiador), exploración y penetración (ra­yos X y ultravioleta).

El motor eléctrico es responsable de transformar la corriente eléctrica en trabajo. El motor eléctrico fue obra del croata N. Tesla y su impacto en la industria fue enorme, pues permitió, entre otras cosas, suprimir las largas correas de transmisión movidas por el vapor e individualizar los procesos y ritmos de cada sección de la fá­brica. El motor, además, ofreció una gama ilimitada de potencias, desde los miles de caballos de vapor de los trenes de laminación de las acerías a los minúsculos motores de las máquinas de afeitar.

b)    La revolución de los transportes: automoción y aeronáutica

El automóvil. Los enormes esfuerzos para utilizar la fuerza del vapor como energía para impulsar carruajes no dieron resultado; tampoco los intentos de hacerlo con la energía eléctrica; se lograría con el motor de combustión interna, que acabó impo­niéndose por velocidad, potencia y ligereza.

El primer motor de combustión interna fue construido en 1876 por el ingeniero alemán Otto. Rudolf Diesel, otro inventor alemán, ideó en 1897 un motor alimentado por un combustible más pesado y menos inflamable que la gasolina, que prendía por compresión. El motor Diesel, que era de mayor tamaño y más pesado, reveló su uti­lidad en los vehículos de transporte pesado (camiones, autobuses, locomotoras, barcos).

Aunque los creadores del motor de combustión interna fueron sobre todo alema­nes, el coche ligero y popular fue desarrollado originariamente por los franceses, lo que explica la abundancia de términos de origen francés, como "automobile", "chassis" “chauffeur", "garage". Pero el liderazgo del sector pasó rápidamente a Norteamérica, que gozaba de condiciones favorables: elevado nivel de vida, población numerosa y combustible abundante. El nombre más representativo de este despegue del automóvil fue Henry Ford. Su aguda visión del mercado le llevó a idear la cadena de montaje en 19 13, capaz de producir coches para un amplio mercado y a un precio asequible.

El automóvil permitió sustituir los rígidos y limitados movimientos del ferrocarril por una red flexible e ilimitada de movimientos individuales.

La aeronáutica. A todos los efectos, es una creación del siglo XX, si bien los sue­ños de volar (recuérdese el mito de Icaro) son tan viejos como el hombre. El precedente más inmediato de la aeronáutica fueron los aeróstatos y los dirigi­bles. El retraso en la aparición del primer aeroplano se debió a la falta de una unidad propulsora adecuada; ésta se encontró con el motor de combustión interna.

En 1903, los hermanos Wright realizan el primer vuelo impulsado por motor en un biplano; en 1909, el francés Bleuriot cruzó el canal de la Mancha en un monoplano de hélice. La Primera Guerra Mundial tuvo una influencia decisiva en el desarrollo de la avia­ción; pronto se comprendí¿) su importancia militar, primero como elemento de observa­ción y rápidamente de combate. En los años inmediatos a la Segunda Guerra Mundial se desarrolló el motor a reacción, que estaba destinado a revolucionar la aeronáutica.

c)     La ciencia del siglo XX. Ciencia y tecnología de la segunda Revolución Industrial

Si la primera Revolución Industrial fue la era de la inventiva mecánica individual, la segunda lo será de la investigación científica planificada. Se afirma definitivamente la idea del poder de la ciencia como agente de transformación social, y en consecuen­cia, la investigación científica se planifica, en lugar de dejarse al azar de las fuerzas económicas o al esfuerzo individual solitario. A finales del siglo XIX aparecen los pri­meros laboratorios de investigación industrial, primero en Alemania (1870‑1880), en la industria de tintes sintéticos, es decir, en la química industrial; en 1876 se creó el laboratorio de Edison en la industria eléctrica. La práctica de crear divisiones de in­vestigación fue seguida por todas las grandes empresas. Pero el aumento del coste de la investigación puso los laboratorios fuera del alcance de los científicos individuales, por lo que la investigación dependía de las altas finanzas y de los gobiernos.

En este período, un rasgo nuevo de la ciencia consistió en acortar el plazo transcurrido entre el descubrimiento científico y su aplicación tecnológica. La bomba ató­mica fue construida en 1945, apenas siete años después de haberse logrado la fisión nuclear, que es su fundamento científico.

La ciencia del siglo XX no sólo alcanza en mayor número y profundidad los proce­sos industriales, sino que penetra ampliamente en la vida cotidiana; la radio, la TV, los detergentes, las fibras sintéticas, la más variada gama de electrodomésticos, son una pequeña muestra de esta realidad.

d)   La revolución de la física moderna

Para que fueran posibles invenciones tales como la televisión y la energía atómica y otros productos de la electrónica y de la física nuclear fue necesaria una revolución en la física. Los pilares de dicha revolución fueron la teoría cuántica de Planck (1900), la teoría de la relatividad de Einstein, la teoría atómica de Rutherford y Bohr y la nueva teoría cuántica de 1925. Estas teorías físicas se tradujeron en un gran número de apli­caciones, de las cuales la más trascendental sería la fisión nuclear, origen de la bomba atómica y de la energía nuclear.

e)     La química moderna y los nuevos materiales

Impulsada por los nuevos conocimientos sobre la estructura del átomo, la industria química sufrió una gran transformación. A este respecto, la química moderna ha pro­ducido un gran número de nuevos materiales, entre los que merecen destacarse los plásticos, el caucho sintético, las fibras artificiales, numerosos productos farmacéuticos y una amplia gama de insecticidas, herbicidas y fungicidas sintéticos.

En la medicina moderna, la innovación más conocida fue la de la penicilina, descu­bierta por Fleming en 1928, que desempeñó una función fundamental en el combate contra las infecciones, iniciándose de este modo la revolución médica del siglo XX, que se apoya en dos productos fundamentales: los antibióticos y la quimioterapia.

f)       La revolución tecnológica de las comunicaciones

La primera mitad del siglo XX conoció una nueva revolución de las comunicaciones, más profunda que la impulsada por el telégrafo y el teléfono. Los protagonistas de la misma fueron la radio y la televisión, sin restar importancia a la fotografía y a la cinematografía. La radio fue una invención de la ciencia del siglo XIX; la televisión, por el contrario, fue una invención de la física moderna.

La radio. La base científica de la radio fueron las investigaciones de Maxwell y Hertz sobre las ondas electromagnéticas. Su invención se atribuye al italiano Marconi, que no era científico, y que desoyendo las tesis de los científicos que sostenían la im­posibilidad de enviar ondas electromagnéticas a grandes distancias, logró en 1901 en­viar señales desde el sudoeste de Inglaterra a Terranova, a 4.000 km. de distancia. Las ondas, llamadas primero hertzianas y después de radio, no se habían comportado como rayos de luz, sino que se habían doblado siguiendo la curvatura de la Tierra y superando una montaña de agua de más de 400 km. de altura. Este fenómeno impli­caba la existencia de una especie de espejo que refleja las ondas de radio y las de­vuelve a la Tierra, es decir, la ionosfera.

La televisión. Es un invento derivado de los rayos catódicos. El desarrollo de la te­levisión fue lento, pues sus principios ya se establecieron en 1911; el retraso hasta la década de los treinta, en que funcionó de modo experimental, hay que achacarlo no a dificultades técnicas, sino al escaso interés co­mercial de las empresas eléctricas, volcadas entonces en la explota­ción comercial de la radio. La televisión no entraría en los hogares hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

 

2.    LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICO-TECNOLÓGICA ACTUAL

Después de la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo tecnológico e industrial entra en una nueva fase; esta tercera revolución ha reci­bido muchas caracterizaciones: era electrónica, era espacial, y más tardíamente era biotecnológica y sobre todo era informática. Todas estas denominaciones subrayan un aspecto destacado de la revolu­ción científico‑tecnológica que está configurando decisivamente las sociedades modernas más avanzadas.