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PENSAMIENTOS INCONEXOS SOBRE LA VIDA Y EL AMOR

 

(versión provisional)

 

Jesús Ángel MARTÍN MARTÍN

 

                                   

           

Cuando nos ponemos a pensar o a discutir sobre las características de nuestro tiempo, de la vida que nos está tocando vivir, acuden a nuestra mente una serie de tópicos más o menos acertados sobre la realidad. Uno de los más recurrentes es el de la complejidad de la vida.

Por ejemplo cada día entendemos menos la tecnología que nos rodea; realmente la entendemos tan poco que estamos en sus manos: si se nos estropea el coche de nada sirve levantar el capó, como hacíamos antes; hay que avisar a una grúa y ponerlo en manos de un experto. Lo mismo sucede con el móvil, el ordenador o cualquier utensilio de cocina; y el caso es que dependemos hasta extremos patológicos de estos instrumentos; sólo tenemos que pensar en que se nos averíe la calefacción en un día de invierno.

 

Lo mismo sucede con nuestra vida social. Los Estados modernos son democráticos y esto quiere decir que participamos activamente en la organización de nuestras sociedades, sin embargo no entendemos la complejidad de la política y nuestro voto se decide más por las emociones que por la reflexión; ni siquiera entendemos las leyes que nos afectan y ante cualquier conflicto civil tenemos que acudir a un experto, el abogado, que piense y decida por nosotros. Los propios abogados tienen que especializarse en distintos campos porque son incapaces de abarcar la complejidad del sistema legal.

 

Ante esta situación la gente suele optar por una de estas dos posturas ante la vida:

 

Una es la del que quiere tener una visión global y entender la realidad que le rodea, una visión coherente y globalizadora de las distintas áreas de la vida práctica y del saber; esta actitud suele conducir a la insatisfacción al no lograrlo nunca por ser tan complejas la vida y la cultura occidentales…

 

Por otra parte está el que de antemano renuncia a semejante propósito –para bien o para mal hay que decir que esta opción, en contra de los ideales de la Ilustración, tiene cada día más seguidores. Esta segunda postura todavía nos permite distinguir dos formas de vivirla:

Hay quien al no poder encontrar una explicación ni situarse satisfacto­riamente en la sociedad en la vive adopta una actitud de rechazo, y de lucha contra la sociedad -esta actitud cada día se extiende más, sobre todo entre los jóvenes, ya que para ellos la tarea es inmensa al tenerlo prácticamente todo por hacer tanto en el campo del conoci­miento como en el de la acción y el trabajo.

Y por otro lado tenemos la actitud del que encuentra su sitio en la sociedad en forma de trabajo bien remunerado, familia, etc. y ya no se plantea más.

 

Pero estas son dos posturas que se materializan en formas concretas de vivir. Del vivir, y por tanto del hacer, es de lo que voy a hablar, o, por lo menos, de una forma especial de la acción.

 

 

 

1.     DEL SER, EL DECIR Y EL PARECER

 

"¿...diré el fondo de mi pensamiento? Toda palabra es una palabra de más. Se trata, sin embargo, de escribir: pues escribamos..., engañémonos los unos a los otros".

CIORAN

 

Estos tres conceptos han preocupado desde siempre a los filósofos. Con el primero, por decirlo brevemente, voy a referirme a todo, a lo que tenga, de alguna manera, cualquier forma de existencia, incluido el pensamiento. El segundo concepto lo refiero al lenguaje como forma especial del ser; y el tercero a algo que, según mi opinión, engloba los dos anteriores, lo cual dificulta enormemente la construcción de una teoría sobre la verdad, como se verá.

 

El ser es lo que desde siempre se ha querido conocer; pero el conocimiento son ideas. Las ideas, lo pensado, es subjetivo, íntimo, personal; por eso carece de valor como conocimiento objetivo, ya que todo conocimiento de esa índole ha de ser intersubjetivo y universal. Para que el conocimiento logre su condición de universalidad no hay más remedio que salir del oscuro ámbito del sujeto y convertir el pensamiento en lenguaje, en acción. Así es como el ser se convierte en un decir del ser y el problema de la verdad se convierte en un problema lingüístico, cosa que por lo demás no resulta muy novedosa para el pensamiento actual.

 

Si analizamos la esencia del lenguaje vemos que éste se reduce a símbolos. Pero los símbolos no son el ser sino una apariencia, o represen­tación del ser. Por lo tanto el lenguaje no dice el ser, sino algo parecido. Puede que el razonamiento no quede del todo claro en este punto, por eso voy a exponerlo de otra manera: en el proceso lingüístico intervienen dos elementos esenciales, el que expresa un mensaje y el que lo recibe; el lenguaje es un conjunto de símbolos que sirve de mediación entre estos dos elementos. Y puesto que es una mediación no garantiza la correspon­dencia absoluta entre las ideas comunicadas y las recibidas: ¿cuántas veces tenemos que aludir al objeto referido en el mensaje para hacernos entender, y cuántas veces entendemos lo que nos quieren decir después de media hora de conversación, o no llegamos a entenderlo nunca, aunque creamos lo contrario? Pero cuando hablamos de ideas, y no de cosas, la duda siempre está presente y no hay forma de garantizar la intersubjetividad que buscamos a través de la comunicación. Y es que el lenguaje no puede llevarnos al conocimiento, sino a algo parecido.

 

En fin, que el conocimiento parece que nunca es verdadero del todo, ni tomado como conjunto de ideas subjetivas ni entendido como conjunto de teorías escritas. Es decir, que lo que creemos saber del mundo, de los demás o de nosotros mismos no es más que un conjunto de apariencias más o menos afortunadas y, por supuesto, lo que sigue no es más que una colección de impresiones que no pretenden aspirar a la verdad.

 

 

 

2.    SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE: LA ACCIÓN

 

"El más intolerable y antiheróico de los mitos higiénicos, principal avasallador de nuestra modernidad, es el de la vejez sana y activa como fin supremo de la vida".

SAVATER

 

Nada hay más contrario a la vida que la muerte, y nada hay más cercano a ésta que la vejez. Poner la máxima aspiración de la vida en una vejez segura, sana y activa es poco menos que ponerla en la muerte.

 

Pero es que hoy, con tanto dar valor a la vida se la valora bien poco, quizás por no entenderla bien. La razón más honda tal vez sea que no sabemos qué hacer con ella: cuando se es joven se vive en función de la vejez -haciendo un montón de cosas que no nos gustan pero que se supone que van a mejorar nuestra vida futura (acumular cultura, viajes que contar, dinero del que gastar, etc.)- y cuando se es viejo se vive con la certeza inminente de la muerte. Así malvivimos angustiados, repitiendo una y otra vez la historia de una vida ridícula.

 

La forma más viva de vivir, que yo sepa, es la acción. Quien al mirar el pasado reconoce en él sus actos reconoce la historia de su vida. Quien, por el contrario, se jacta de una amplia vida interior pero su vida se reduce a eso, al mirar hacia su pasado sólo ve un sinfín de sueños de los que ni siquiera ha participado nadie. En este sentido se pronunciaba Voltaire al decir: “Trabajemos porque el trabajo acorta la jornada y alarga la vida".

 

El secreto de la acción, por otra parte, está en que al realizarla hacemos que los demás participen de nuestra vida, de nosotros. Eso es lo que nos hace vivir y sentirnos vivos. Después de los años que llevo en esto he aprendido que vivir es sentir y la privación de sensación nos aproxima a la muerte. Cuando más vivo se está es cuando se siente algo distinto de uno mismo, cuando se siente al otro. Cuando más solo se está es cuando se está muerto. Se vive, sobre todo, cuando se tiene la capacidad de no estar solo, de relacionarse; por eso vivir es sentir, actuar. Quedaría ahora por plantearse qué es mejor, vivir o no vivir...

 

Según esto la forma más plena de vivir sería haciendo que los demás participen plenamente de nuestra vida, que participen hasta más que nosotros; que mi vida no sea mía, sino del otro. Pues bien, eso no es ni más ni menos que lo que solemos llamar amor. Así puede explicarse la creencia tan extendida de que el amor da sentido a la vida y otras por el estilo. Parece, pues, que la vida basada en el amor sería la más satisfactoria. Esta teoría permitiría explicar cómo en la sociedad actual el progreso del individualismo trae consigo un retroceso del amor; cada vez hay más sexo –según dicen- pero menos amor, a la vez que progresan nuestros derechos individuales.

 

Con esto descubrimos una importante paradoja del vivir: vivir sería no-vivir, desvivirse por otros. Y ello porque en el amor se vive en función de algo o alguien distinto del mí.

 

 

 

3.     DE CÓMO EL PENSAR ES UNA FORMA DE RESENTIMIENTO.

 

Si la vida va asociada a la acción, al inactivo sólo le queda pensar la acción, imaginarla. La acción es objetiva, es algo palpable, comprobable, universal por su trascendencia. El pensar, por el contrario, es íntimo y personal. El pensamiento se convierte en el único recurso del impotente, del que ve cerradas las puertas de un tipo de vida que le transcienda. Se han dicho muchas excelencias del pensar, pero en el fondo todos añoramos la acción, y cuanto más avasalladora sea ésta mejor. Por eso la juventud y la acción están del lado de la vida, mientras que la vejez nos aproxima a la muerte...

 

Sin embargo hay un punto en que pensamiento y acción se tocan: en lenguaje. El lenguaje es el pensamiento convertido en acto, en acto de decir. Es el momento en que el pensamiento se hace comunicable, el momento en que el pensamiento transciende al sujeto y busca la universa­lidad. Por esa misma razón deja de ser pensamiento; se somete al juicio del otro. Pero como el lenguaje, en cuanto sistema de signos, tiene autonomía propia a veces nos traiciona. A veces los demás no nos entienden; otras el lenguaje nos sobrepasa. Es cuando lo dicho nos asombra porque supera incluso nuestros pensamientos. En esta labor importa la habilidad para jugar el "juego del lenguaje".

 

Así como el lenguaje es expresión del pensamiento, el gesto es expresión del sentimiento. Pero ambos, lenguaje y gesto, son símbolos, aunque generalmente distorsionados por el que habla o el que escucha, de una realidad más profunda. Realidad de difícil acceso si nos atenemos a los resultados de tantos pensadores como se han ocupado del tema a lo largo de la historia. Algunos han llegado a decir que esta realidad última a la que apunta el lenguaje no es más que una añoranza psicológica de "algo" que nunca podremos llegar a conocer.

 

Si escuchamos a Freud la imaginación y el pensamiento serían mecanismos de defensa frente a la frustración por los deseos insatisfechos, por no poder hacer lo que de verdad queremos. Dicho de otra forma: lo que no puedo hacer me lo imagino aunque esto no deje de ser más que un sucedáneo de la acción.

 

 

 

4.     CONCLUSIÓN.

  

El subjetivismo por lo tanto nunca puede llevarnos a un conocimiento válido ni a una vida auténtica porque se sitúa al margen de la vida. El intersubjetivismo lingüístico tampoco ya que, como se ha visto, está basado en la apariencia, en la representación simbólica. El único camino que nos llevaría a vivir de verdad es la acción, que implica una anulación total del sujeto -y no parcial, como plantea la comunicación lingüística. La única forma válida es la entrega total del sujeto, la subordi­nación al otro. Este es camino de la mística, la poesía y el arte, o el camino del amor; camino al que no se puede llegar por el lenguaje ya que chocamos con sus propios límites.

 

Explicar por qué el arte y el amor son mis formas predilectas de la acción alargaría mucho esto. Sólo quien haya recorrido en alguna ocasión este viaje está en condiciones de comprenderlo, aunque también hay que reconocer que hay muchas maneras de viajar… Sólo quien haya recorrido estos caminos estará en condiciones de apreciar también los excesos, tanto en el amor como en otro tipo de acciones, como lo prueba el hecho de generalmente nos arrepentimos más de las omisiones que de lo que hacemos. Quien no entienda de qué hablo que lea la apología de la voluntad que hace Schopenhauer y, sobre todo, Nietzsche.

 

El amor es la única forma de vida que genera un conocimiento universal. La relación amorosa es distante al principio, cuando se  basa en apariencias, en pequeñas mentiras o medias verdades;  sin embargo termina uniendo a sus miem­bros: ese es el momento en que el yo y el otro se identifican, es el momento de la única verdad.

 

Resumiendo: Podríamos decir que el individuo, buscando realizar su vida, llega a la conclusión de que la vive al negarla; por eso las frustraciones fundamentales de nuestra vida, las negaciones de la misma, vienen del sujeto mismo, de su pensamiento, que es el único enemigo de la vida. Actuar, vivir hacia afuera, es la forma auténtica de vivir, mientras que el pensamiento y el lenguaje, porque se basan sólo en apariencias, también son apariencias de vivir, o de no-vivir, según se mire.

 

Siendo coherente con lo que digo más arriba tendría que admitir que estas líneas son un intento de reflejar mis ideas; sin embargo, después de leídas, no estoy seguro de que sea así pero he de admitir que este escrito es ya un trocito de realidad, que dejaré vagar por ahí, a la espera de que anide en alguna conciencia en la que haga tilín y que esa persona se sienta afectada por el texto, aunque lo que entienda no sea exactamente lo que yo he querido decir.

 

 

 

 

Valladolid, 3 de abril de 2008