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página de filosofía de jesús ángel martín

filosofía práctica: cómo vivir mejor (o casi)


El libro entero es recomendable; sin embargo me he permitido seleccionar los fragmentos que más me han interesado. Están ordenados por capítulos y, en algunos casos, van seguidos de un comentario personal. La selección no es muy representativa pero los textos seleccionados sí merecen una lectura.

LA AUTÉNTICA FELICIDAD

Martin SELIGMAN

 

Capítulo I. Sentimiento positivo y personalidad positiva

En la vida real hay que tener mucho cuidado con los desenla­ces, puesto que marcarán el recuerdo de toda una relación y la predisposición a volver a entablarla.

No sólo deseamos sentimientos positivos, sino que queremos tener derecho a ellos.

El optimismo no es más que una de las dos docenas de fortale­zas que proporcionan un mayor bienestar. George Vaillant, profe­sor de Harvard que dirige los dos estudios psicológicos más com­pletos sobre hombres a lo largo de sus vidas, estudia las fortalezas que él ha dado en llamar «defensas maduras», entre las cuales se incluye el altruismo, la capacidad de aplazar la gratificación, la previsión de futuro y el sentido del humor. Algunos hombres no maduran nunca y no muestran tales rasgos, mientras que otros se de­leitan en ellos a medida que envejecen.

…estos seis códigos incluyen seis virtudes clave:

·         Sabiduría y conocimiento.

·         Valor.

·         Amor y humanidad.

·         Justicia.

·         Templanza.

·         Espiritualidad y trascendencia.

Cada una de las virtudes clave puede subdividirse para su clasi­ficación y medición. La sabiduría, por ejemplo, comprende forta­lezas tales como curiosidad, amor por el conocimiento, criterio, originalidad, inteligencia social y objetividad. El amor incluye amabilidad, generosidad, cariño y la capacidad de amar y ser amado. La convergencia existente a lo largo de miles de años y entre tradiciones filosóficas no relacionadas entre sí es asombrosa y la Psicología Positiva toma este acuerdo intercultural como guía.

 

Capítulo II. De cómo la psicología perdió el rumbo y yo encontré el mío.

Había algo todavía más importante: advertí que educar a Nikki no consistía en corregir sus defectos. Lo podía hacer ella sola. Mi objetivo, por el contrario, sería desarrollar aquella fortaleza precoz que había mostrado.

 

Capítulo III. ¿Por qué molestarse en ser feliz?

¿Por qué nos sentimos felices? ¿Por qué sentimos algo? ¿Por qué la evolución nos dotó de estados emocionales que son tan in­sistentes, tan absorbentes, y que están..., bueno, tan presentes que hacen que nuestras vidas giren a su alrededor?

Todas las emociones tienen un componente sentimental, uno sensorial, uno de reflexión y uno de acción. El componente senti­mental de todas las emociones negativas es la aversión: indignación, temor, repulsión, odio y similares. Estos sentimientos, como todo aquello que vemos, oímos y olemos, se inmiscuyen en la concien­cia e invalidan todo lo que esté pasando.

Fredrickson afirma que las emociones positivas tienen un ob­jetivo fabuloso en la evolución. Amplían nuestros recursos inte­lectuales, físicos y sociales y los hacen más perdurables, acrecien­tan las reservas a las que podemos recurrir cuando se nos presenta una amenaza o una oportunidad. Cuando estamos de talante posi­tivo, las personas como nosotros mejoran, y la amistad, las relacio­nes amorosas y las coaliciones tienen más probabilidades de pros­perara A diferencia de las limitaciones que induce la emoción negativa, nuestra actitud mental es expansiva, tolerante y creativa. Estamos abiertos a nuevas ideas y experiencias.

En resumen: Las emociones positivas no solo producen bienestar sino que también predisponen para actuar más eficazmente en cualquiera de los aspectos de la vida en los que estemos ocupados.* 

Escoja su ámbito de actuación y diseñe su estado anímico de acuerdo con la actividad que deba realizar. Aquí tiene ejemplos de tareas que suelen exigir un pensamiento crítico: presentarse a los exámenes de fin de carrera, hacer la declaración de la renta, deci­dir a quién despedir, enfrentarse a repetidos desengaños amorosos, prepararse para una inspección, corregir, tomar decisiones crucia­les en deportes competitivos, o decidir en qué universidad estu­diar. Desempeñe estas tareas en días lluviosos, en sillas de respaldo recto y en habitaciones silenciosas y pintadas con colores formales. El hecho de estar tenso, triste o desanimado no supondrá nin­gún obstáculo, incluso puede hacer que sus decisiones sean más perspicaces.

Por el contrario, otro tipo de tareas exigen una forma de pensar creativa, generosa y tolerante: planificar una campaña de ventas, en­contrar formas de aumentar la cantidad de amor en la vida, plan­tearse un cambio de profesión, decidir si casarse o no, dedicarse a aficiones y deportes no profesionales, o la creación literaria. Desempéñelas en un entorno que alegre su estado de ánimo —por ejemplo, en una silla cómoda, con la música adecuada, con sol y aire fresco—. En la medida de lo posible, rodéese de personas en cuyo desinterés y buena fe confíe."

Si desarrollamos más emotividad positiva en nuestra vida, desarrollamos amistad, amor, una mejor salud física y mayores logros.

 

Capítulo IV. ¿Se puede ser feliz de forma duradera?

LA FÓRMULA DE LA FELICIDAD'

F=R+C+V

En la que F es su nivel de felicidad duradera, R su rango fijo, C las circunstancias de su vida y V representa los factores que depen­den del control de su voluntad.

Rango Fijo:

Un estudio sistemático de 22 personas que ganaron cantidades sustan­ciosas en premios de lotería descubrió que, con el tiempo, volvían a su nivel de felicidad anterior, y no acabaron más felices que los 22 sujetos control. Sin embargo, la buena noticia es que después de una desgracia, el termostato se esfuerza por sacarnos de nuestra desdicha. De hecho, la depresión es casi siempre episódica y la recu­peración se produce al cabo de varios meses. Incluso las personas que quedan parapléjicas a consecuencia de una lesión de la médula espinal empiezan a adaptarse enseguida a la limitación de sus capa­cidades, y después de ocho semanas presentan más emoción positi­va neta que emoción negativa.

Si no funcionara dicha rueda, las personas que logran más cosas buenas en la vida serían en general mucho más felices que las menos afortunadas. Pero en realidad éstas suelen ser igual de felices que las de mayor fortuna. Según han demostrado varios estudios, las cosas buenas y los grandes logros ejercen una influencia sor­prendentemente baja en el incremento de la felicidad, salvo de forma efímera:

·         Los sucesos importantes —como ser despedido o ascendi­do— pierden su efecto sobre el nivel de felicidad en menos de tres meses.

·         La riqueza, que sin duda ayuda a acumular más posesiones, guarda una relación sorprendentemente baja con el nivel de felicidad. En general, los ricos sólo son ligeramente más felices que los pobres.

·         Los ingresos reales han aumentado de forma espectacular en las naciones prósperas durante la última mitad de siglo, pero el nivel de satisfacción con la vida ha permanecido totalmente fijo en muchas naciones ricas.

·         Los cambios recientes en el salario de una persona predicen la satisfacción laboral, pero los niveles de salario generales no.

·         El atractivo físico -que al igual que la riqueza proporciona una serie de ventajas- no incide demasiado en la felicidad.

·         La salud física objetiva, que quizá sea el más valioso de todos los recursos, apenas guarda relación con la felicidad.

Circunstancias

La buena noticia sobre las circunstancias es que algunas generan mayor felicidad. La mala es que cambiar tales circunstancias suele ser poco práctico y bastante costoso.

Así pues, he repasado lo que sabernos sobre la serie de variables circunstanciales externas (C) que, según se dice, inciden sobre la felicidad. A modo de resumen, si desea elevar de forma duradera su grado de felicidad cambiando las circunstancias externas de su vida, debería hacer lo siguiente:

·         Vivir en una democracia sana, no en una dictadura empo­brecida (gran efecto).

·         Casarse (efecto intenso, pero quizá de relación no causal).

·         Evitar acontecimientos negativos y emociones negativas (sólo efecto moderado).

·         Forjarse un entramado social rico (efecto intenso, pero qui­zá de relación no causal).

·         Acercarse a la religión (efecto moderado).

Sin embargo, con respecto a la felicidad y la satisfacción con la vida, no hace falta que se moleste en hacer lo siguiente:

·         Ganar más dinero. (El dinero tiene un efecto escaso o nulo si ha podido costearse la compra de este libro, y las personas más materialistas son menos felices.)

·         Gozar de buena salud. (La que importa es la salud subjetiva, no la objetiva.)

·         Elevar al máximo su nivel de estudios (ningún efecto).

·         Cambiar de raza o trasladarse a un clima más soleado (nin­gún efecto).

Sin duda se habrá dado cuenta de que los factores importantes son imposibles de cambiar o poco prácticos. Aunque pudiera modificar todas las circunstancias externas que se mencionan más arriba, no notaría un gran cambio, dado que juntas probablemen­te no supongan más que entre el 8 y el 15 % de variación en el nivel de felicidad. Lo positivo es que existen unas cuantas circuns­tancias internas que sí determinarán la diferencia. Por consiguien­te, me centraré a continuación en esta serie de variables, que son más fácilmente controlables de forma voluntaria. Si decide modi­ficarlas -y tenga en cuenta que ninguno de estos cambios se produce sin un verdadero esfuerzo-, es probable que su grado de fe­licidad se incremente de forma duradera.

 

Capítulo V. Satisfacción con el pasado.

Aaron T. Beck, el teórico más impor­tante de la terapia cognitiva, afirmó que la emoción siempre es generada por la cognición, y no al revés. La idea de peligro provo­ca angustia, la idea de pérdida induce tristeza y la de ofensa causa enfado. Cuando uno siente alguno de estos estados de ánimo, lo que debe hacer es analizarlo detenidamente para encontrar la se­rie de pensamientos encadenados que lo han originado.

Creo que las personas ciclotímicas cambian de humor porque cambian de forma de pensar, cambian la forma de interpretar los mismos hechos y su estado de ánimo se deduce de esos cambios; o sea que la inestabilidad emocional es consecuencia de la inestabilidad intelectual. La idea es muy interesante por las consecuencias que tiene para luchar contra la depresión…

Existe gran cantidad de pruebas que confirman esta perspecti­va. Los pensamientos de los sujetos deprimidos están dominados por interpretaciones negativas del pasado, del futuro y de las pro­pias aptitudes, y aprender a luchar contra dichas interpretaciones negativas alivia la depresión casi tanto como los fármacos antide­presivos, e incluso evitar en mayor medida recaídas y reaparicio­nes. Las personas que sufren trastorno de ansiedad malinterpretan de forma catastrofista sensaciones corporales como los latidos ace­lerados del corazón, o la falta de aliento como presagio de un ataque cardiaco o derrame cerebral. Prácticamente, el trastorno puede curarse enseñando a dichas personas que no son más que síntomas de ansiedad, no de una enfermedad real. 

Vivir en el pasado

No obs­tante, si las emociones son expresadas y se hace demasiado hincapié en ellas, acaban multiplicándose y atrapándonos en un círculo vi­cioso en el que nos ocupamos en vano de agravios pasados.

La valoración y el disfrute insuficientes de los buenos momen­tos del pasado, así como enfatizar demasiado los malos, son aspec­tos que socavan la serenidad, la felicidad y la satisfacción. Hay dos maneras de situar estos dos sentimientos sobre el pasado en la re­gión de la felicidad y la satisfacción. La gratitud aumenta el disfru­te y la valoración de los buenos momentos pasados y la reescritu­ra de la historia mediante el perdón reduce el efecto deprimente de los sucesos negativos, y de hecho puede transformar los malos recuerdos en buenos.

Perdonar y olvidar

El motivo por el que la gratitud contribuye a aumentar la satisfacción con la vida es que amplía los buenos recuerdos sobre el pasado: su intensidad, su frecuencia y las «etiquetas» asociadas a dichos recuerdos

Esto es igual de cierto tanto para las naciones como para los in­dividuos. Los líderes que de forma incesante recuerdan a sus se­guidores la larga historia de atrocidades —reales e imaginarias—que ha sufrido su nación, generan una población violenta y ven­gativa.

Es lo que está pasando en España. La relectura de la historia en clave victimista por parte de catalanes y vascos está conduciendo al odio hacia el resto de España, a la violencia y al separatismo.

 

Capítulo 7. Felicidad en el presente.

La felicidad en el presente está constituida por estados muy distintos a los de la felicidad respecto al pasado y al futuro, y abar­ca dos aspectos muy diferentes: los placeres y las gratificaciones. Los placeres tienen un claro componente sensorial y emocional, lo que los filósofos denominan «sensaciones crudas»: éxtasis, emo­ción, orgasmo, deleite, regocijo, euforia y bienestar. Son efíme­ros e implican muy poco, o nulo, pensamiento. Cuando hablo de «gratificaciones» me refiero a aquellas actividades que nos gusta mucho realizar, pero que no van necesariamente acompañadas de una sensación cruda. Las gratificaciones nos involucran por com­pleto; quedamos inmersos y absortos en ellas y perdemos la conciencia propia. Disfrutar de una gran conversación, escalar mon­tañas, leer un buen libro, bailar y jugar al ajedrez son ejemplos de actividades en las que el tiempo se detiene para nosotros, nues­tras habilidades están a la altura de las circunstancias y nos halla­mos en contacto con nuestras fortalezas. Las gratificaciones duran más que los placeres, implican más pensamientos e interpretación, no se convierten fácilmente en un hábito y nuestras fortalezas y virtudes las refuerzan.

Los placeres corporales.

A pesar del deleite que proporcionan, no es fácil basar la vida en los placeres corporales, puesto que todos ellos son transitorios. Se desvanecen con gran rapidez en cuanto el estímulo externo desaparece y nos acostumbrarnos a ellos muy rápido (habitua­ción), por lo que a menudo necesitamos una dosis mayor para conseguir los mismos efectos que al principio. Sólo es la primera cucharada de helado de vainilla, el primer atisbo de Shalimar y los primeros segundos de calor del fuego de la chimenea lo que estremece. A no ser que espacie tales momentos con moderación, dichos placeres se verán reducidos en gran medida.

El tema de la habituación es un gran problema, y a la vez la prueba de que la vida no puede basarse en los placeres. La repetición y la costumbre desgastan nuestra capacidad para disfrutar de situaciones que algún día nos deslumbraron y nos llevaron al éxtasis. Así ocurre con la pareja, con el disfrute de tu casa y con todos esos placeres que fueron nuestra meta en el pasado y que actualmente pasan desapercibidos simplemente porque nos hemos acostumbrado a vivir con ellos.

Mejorar los placeres.

El placer de la segunda cucharada de helado de vainilla es inferior a la mitad de la primera, y la cuarta cucharada no es más que calorías. En cuanto las necesidades calóricas están saciadas, el sabor es un poco mejor que el de un trozo de cartón. Este proceso, llamado habituación o adaptación al estímulo, es un hecho inexorable de la actividad neuronal. Las neuronas están preparadas para responder a estímulos nuevos y no para activarse frente a situaciones que no aportan información novedosa. A nivel cerebral global, advertirnos la información nueva y omitimos la que no lo es. Cuanto más redundantes son los acontecimientos, es más probable que se fundan en un fondo en el que pasan desapercibidos.

EL SABOREO: La velocidad vertiginosa de la vida moderna y nuestra preocu­pación extrema por el futuro pueden acecharnos y empobrecer el presente.

Compartir con otras personas. Busque a otras personas con las que compartir la experiencia y a las que contarles el valor que otorga a ese momento. Se trata del indicador más potente del nivel de placer.

Guardarlo en la memoria. Tome fotografías mentales o in­cluso llévese un recuerdo físico del evento y rememórelo más adelante con otras personas.

Ensimismamiento. Permanezca completamente absorto e intente no pensar, sino sólo sentir. No piense en lo que debería hacer ni se pregunte qué ocurrirá a continuación, ni se plantee formas de mejorar el momento.

Todas estas técnicas respaldan los cuatro modos de disfrutar: solazarse (recibir elogios y felicitaciones); agradecer (expresar gra­titud por las bendiciones); maravillarse (perder la individualidad en el asombro del momento); y deleitarse (complacer los senti­dos).

LA ATENCIÓN: La atención empieza por la constatación de que la inconscien­cia domina gran parte de la actividad humana. No advertimos gran parte de nuestra experiencia. Actuamos y nos interrelaciona­mos de forma automática, sin pensar demasiado.

La atención consciente de la experiencia presente se produce de forma mucho más fácil en un estado mental lento que cuando uno pasa a toda prisa por una actividad o un acontecimiento mientras piensa en el futuro. La forma oriental de la meditación se presenta de muchas formas, pero casi todas ellas, si se practican con regularidad, logran desacelerar la mente de los occidentales.

GRATIFICACIONES: Los placeres pue­den ser descubiertos, favorecidos e intensificados de la forma que he explicado en la última sección de este libro, pero no así las gra­tificaciones. Los placeres guardan relación con los sentidos y las emociones. Las gratificaciones, por el contrario, están relacionadas con la puesta en práctica de fortalezas y virtudes personales.

En esta analogía, el placer señala la obtención de la saciedad biológica, mientras que la gratificación indica la consecución del crecimiento psicológico.

Uno de los principales síntomas de la depresión es el ensimis­mamiento. La persona deprimida está demasiado centrada en cómo se siente. Su decaimiento no responde a la realidad, pero es muy importante para ella. Cuando siente tristeza, reflexiona sobre la misma, la proyecta hacia el futuro y a todas sus actividades, lo que a su vez aumenta la tristeza. «Ponte en contacto con tus senti­mientos», gritan los buhoneros de la autoestima de nuestra socie­dad. Nuestra juventud ha captado el mensaje, y el hecho de creér­selo ha configurado una generación de narcisistas cuya máxima preocupación es cómo se sienten, lo cual no es extraño.

 

Capítulo VIII. Renovar las fortalezas y virtudes.

Los teólogos, filósofos y críticos sociales empezaron a expresar la opinión de que quizá las masas desfavorecidas no fueran res­ponsables de su mal comportamiento. Sugirieron que la misión de predicadores, profesores y expertos debería pasar de señalar que cada persona es responsable de sus actos a descubrir cómo los de su rango podían responsabilizarse de los muchos que no lo eran. Así, los albores del siglo XX fueron testigo del nacimiento de un nuevo programa científico en las grandes universidades estado­unidenses: las ciencias sociales. Su objetivo era explicar el com­portamiento —y el mal comportamiento— de las personas como consecuencia, no de su carácter, sino de grandes y nocivas fuerzas ambientales que estaban más allá de su control. Esta ciencia supondría el triunfo del «ambientalismo positivo». Si el delito es consecuencia de la miseria urbana, los científicos sociales podían señalar el camino para reducirlo limpiando las ciudades. Si la es­tupidez procede de la ignorancia, los científicos sociales podían apuntar la vía para enmendarla con el acceso universal a la edu­cación.

Para Allport y sus seguidores, la ciencia debía limitarse a describir los hechos objetivos en vez de recomendar cómo deberían ser. Perso­nalidad es un término descriptivo, mientras que carácter es precep­tivo. Así, los conceptos cargados de moralidad, corno carácter y virtud, se introdujeron, como de contrabando, en la psicología científica bajo el barniz suave del concepto de personalidad.

Tal vez esta idea, nacida con las ciencias sociales, sea una de las causas de la crisis de la educación actual. Hoy no se plantea el tema de la responsabilidad personal, sino que las ciencias sociales –educación, psicología, sociología…- buscan una causa externa, empírica, al modo científico, que permita explicar el mal comportamiento, las malas notas, la violencia, con el convencimiento de que actuando sobre la causa obtendremos el efecto deseado en los individuos. Es lamentable, el determinismo aplicado a las ciencias sociales. Y eso hoy, que hasta en la física de alto nivel se reivindica el indeterminismo…

Creo que debemos volver a la moral; además los alumnos lo están deseando. Volver a la moral en el sentido de distinguir el bien del mal, llamando a las cosas y a las personas por su nombre, intentando ayudar a nuestros alumnos a que mejoren su carácter. Debemos olvidar toda esa parafernalia pseudocientífica que sólo sirve para disculpar la responsabilidad de vagos, violentos, o asesinos.

No podemos intervenir para mejo­rar el carácter de los jóvenes hasta que no sepamos con mayor exactitud qué queremos mejorar. En primer lugar necesitamos un esquema de clasificación y una forma de medir el carácter.

Para nuestra sorpresa, en casi todas estas tradiciones que se remontaban a más de tres mil años y cubrían toda la faz de la Tierra se valoraban seis virtudes:

·         Sabiduría y conocimiento.

·         Valor.

·         Amor y humanidad.

·         Justicia.

·         Templanza.

·         Espiritualidad y trascendencia.

 

Capítulo IX. Sus fortalezas personales.

Las seis virtudes anteriores se desglosan en 24, de las cuales recojo alguna referencia por interés personal.

Humanidad y amor. Las fortalezas de este apartado se ponen de manifiesto en la in­teracción social positiva con otras personas: amigos, conocidos, parientes y también desconocidos.

BONDAD Y GENEROSIDAD: Todos los rasgos de esta categoría parten del principio de con-ceder valor a otra persona. La categoría bondad engloba distintas formas de relacionarse, guiadas por el beneficio de otro a tal punto de que se anulan nuestros propios deseos y necesidades inme­diatas.

Templanza. Como virtud principal de esta categoría, la templanza hace re­ferencia a la expresión apropiada y moderada de los apetitos y ne­cesidades. La persona mesurada no reprime sus aspiraciones, pero espera la oportunidad de satisfacerlas de forma que no perjudique a nadie.

HUMILDAD Y MODESTIA: No intenta ser el centro de atención; prefiere que sean sus lo­gros los que hablen por usted. No se considera especial y los de-más reconocen y valoran su modestia. Es una persona sencilla. Las personas humildes consideran que sus aspiraciones, éxitos y de­rrotas personales carecen de excesiva importancia. En un contex­to situacional más amplio, lo que usted ha conseguido o sufrido no cuenta demasiado. La modestia que se deriva de tal convicción no es sólo una evidencia, sino una ventana abierta hacia su in­terior.

 

Capítulo X. El trabajo y la satisfacción personal

Cuando yo iba al colegio -que por cierto era militar-, y durante muchas genera­ciones anteriores, la educación se basaba en la humillación. Las orejas de burro, la palmeta y las malas notas eran las armas más poderosas del arsenal de los maestros. Corrieron la misma suerte que el mamut lanudo y el dodo, y de forma sorprendentemente rápida. Desaparecieron porque los educadores encontraron un camino mejor hacia el aprendizaje: recompensar las fortalezas, acon­sejar amablemente, profundizar en los temas en lugar de memori­zar, favorecer el apego emocional del alumno por el profesor o la asignatura, y la atención individualizada. También existe una vía mejor que el dinero para conseguir aumentar la productividad, y de eso trata el presente capítulo.

 

Capítulo XI. La vida amorosa.

El éxito reproductivo de nuestra especie no se basa en la ferti­lización rápida y la independencia de los padres; en realidad, los humanos nacen con un cerebro grande e inmaduro, condición que exige que los padres enseñen a sus hijos estrategias que les permitan desarrollarse, lo cual sólo es viable si existe vinculación emocional en la pareja. Los inmaduros y dependientes nuevos se-res que gozan de la protección y guía de sus padres se desarrollan mucho mejor que sus primos que no disponían de cuidados. Por consiguiente, aquellos de nuestros antepasados predispuestos a comprometerse seriamente en una relación de pareja tenían más probabilidades de procrear una descendencia viable y transmitir sus genes. Así pues, el matrimonio es producto de la selección na­tural, no de la cultura.  (Interesante observación)

Desde una perspectiva positiva, Gottman también predice qué matrimonios mejorarán con el paso de los años. Ha descubierto que estas parejas dedican cinco horas más a la semana a su matrimonio mediante las siguientes actividades:

·      Despedidas. Antes de despedirse por la mañana, los miem­bros de la pareja se interesan por algo que el otro hará du­rante la jornada. (2 minutos x 5 días = 10 minutos.)

·      Reuniones. Al final de cada día de trabajo, las parejas mantie­nen una conversación relajada. (20 minutos x 5 días = 1 hora, 40 minutos.)

·      Afecto. Tocarse, agarrarse, abrazarse y besarse, todo ello acom­pañado de cariño e indulgencia. (5 minutos x 7 días = 35 minutos.)

·      Una cita semanal. Sólo los dos miembros de la pareja en un entorno relajado, poniendo al día su amor. (2 horas una vez a la semana.)

·      Admiración y aprecio. Todos los días, se manifiestan afecto y aprecio verdaderos por lo menos una vez. (5 minutos x 7 días = 35 minutos.)

 

Capítulo XIII. Repetición y resumen.

Tengo la tesis de que existen diversos y muy diferentes cami­nos para alcanzar la auténtica felicidad. En la primera parte del li­bro he analizado la emotividad positiva y cómo incrementarla. Existen tres clases de sentimientos positivos que difieren radicalmente entre sí, los relativos al pasado, al presente y al futuro, y es perfectamente posible cultivar cualquiera de ellos por separado." Las emociones positivas respecto al futuro —el optimismo, por ejemplo— pueden aumentarse aprendiendo a identificar y rebatir los pensamientos pesimistas automáticos.

Las emociones positivas relacionadas con el presente se subdi­viden en placeres y gratificaciones, y constituyen el mejor ejem­plo de cómo alcanzar la felicidad siguiendo caminos radicalmente distintos. Los placeres son transitorios y se definen en función de los sentimientos experimentados. Pueden incrementarse elimi­nando el efecto aletargador de la habituación, y fomentando el disfrute y la atención. La vida placentera tiene por objeto permi­tir experimentar emociones positivas respecto al presente, al pasado y al futuro.

Las gratificaciones son más duraderas. Se caracterizan por la concentración, el compromiso y la fluidez, y se definen por la au­sencia de cualquier tipo de emoción positiva y de una excesiva conciencia de sí mismo. Las gratificaciones son generadas por medio del ejercicio de las fortalezas y virtudes, motivo por el cual en la segunda parte del libro he presentado las 24 fortalezas ubicuas y, asimismo, he facilitado los tests necesarios para identificar sus for­talezas características personales. En la tercera parte he analizado los modos de emplear sus fortalezas características en los tres ám­bitos vitales más importantes: el trabajo, el amor y la educación de los hijos. Todo ello ha conducido a mi definición de buena vida, la cual, a mi parecer, consiste en utilizar las fortalezas características con la mayor frecuencia posible en esos ámbitos a fin de obtener una felicidad auténtica.

Con la esperanza de que haya aumentado su nivel de emotivi­dad positiva y su acceso a abundantes gratificaciones, doy paso al tema final, el hallazgo del sentido y del objetivo de la vida. Como he sugerido, la vida placentera se halla marcada por el éxito en la búsqueda de emociones positivas y complementada por el desa­rrollo de las aptitudes necesarias para multiplicar tales emociones. La buena vida, en cambio, no consiste en aumentar al máximo la emotividad positiva, sino en emplear de forma satisfactoria las for­talezas características a fin de obtener abundantes gratificaciones auténticas. La vida significativa posee un rasgo adicional, que con­siste poner las fortalezas personales al servicio de algo que nos transcienda. Vivir estas tres vidas es vivir una vida plena.

 

Capítulo XIV. Sentido y propósito.

Un proceso que selecciona de forma continua para llevar hacia una mayor complejidad no tiene otro propósito que la omnis­ciencia, la omnipotencia y la bondad. Por supuesto, esto no se consumará durante nuestra vida, ni siquiera durante la existencia de nuestra especie. Lo mejor que podemos hacer como indivi­duos es contribuir a favorecer este progreso. Ésta es la puerta por la que el sentido que nos trasciende podría entrar en nuestra vida. Una vida significativa es la que pasa a formar parte de algo más elevado que nosotros, y cuanto más elevado sea ese algo, más sen­tido tendrá nuestra existencia. Ser partícipe de un proceso que conlleva la creación de un Dios dotado de omnisciencia, omnipo­tencia y bondad como fin primordial, hace que nuestra vida pase a formar parte de un algo de dimensiones inabarcables.

Usted cuenta con la posibilidad de escoger el rumbo de su vida. Puede elegir una existencia que, en mayor o menor medida, favorezca estos propósitos; o sin duda puede optar por una que no tenga ninguna relación con ellos. De hecho, puede escoger una existencia que los obstaculice reiteradamente. También puede ele­gir una vida que gire en torno al incremento del conocimiento: aprender, enseñar, educar a sus hijos, la ciencia, la literatura, el periodismo y otras muchas actividades. Puede optar por una exis­tencia dedicada a desarrollar de un poder creciente a través de la tecnología, la ingeniería, la construcción, los servicios sanitarios o la fabricación. O puede escoger una vida construida en torno a una bondad creciente por medio de la ley, el mantenimiento del orden, la protección civil, la religión, la ética, la política o las orga­nizaciones benéficas.

La buena vida consiste en obtener una felicidad auténtica em­pleando sus fortalezas características todos los días en los principa­les ámbitos. La vida significativa añade otro componente: utilizar dichas fortalezas para fomentar el desarrollo del conocimiento, el poder o la bondad. Una existencia semejante se halla cargada de sentido, y si Dios llega al final, se trata de una vida sagrada.

Creo que resulta un poco ingenuo este capítulo, sobre todo si se compara con el tratamiento que hace del tema Kant. Podemos hablar de trascendencia con sentido, tanto referido al individuo como referido a la sociedad o la especie, pero para hacerlo no he encintrado un fundamento mejor que el que Kant establece en sus postulados de la razón práctica y en su teoría de una historia cosmopolita. Tenemos cualidades, la razón y la libertad, que trascienden nuestra dimensión individual, pero es nuestra decisión ponerlas al servicio de algo más grande que nosotros o aplicarlas solo a planes individualistas y mezquinos. La paradoja está en que cuando actuamos trascendiendo nuestro egoísmo nos sentimos mejor como individuos, nuestra vida es más plena; por eso apoyo el tercer postulado de Seligman: nuestra vida es más plena, más feliz si ponemos nuestras cualidades al servicio de algo mayor que nosotros mismos: los hijos, los demás o las esperanza en un futuro mejor.


* los párrafos en negrita son comentarios personales.