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                APOLOGIA DE LA DIFERENCIA

Educación y Diversidad

 

 "El hombre es un animal que habla. Así pues, comprender el lenguaje es la clave para comprender al hombre; y controlar el lenguaje, la clave para controlar al hombre." (Thomas SZASZ)

 

 

                En 1973 escribía Thomas Szasz uno de sus libros más significativos: el segundo pecado, que es, como puede suponerse por la cita anterior, el de no hablar claro; el primero, en la tradición cristiana, fue el de Adán y Eva, al comer la manzana del árbol que les permitía distinguir el bien del mal. Las autoridades siempre han pretendido el control de los ciudada­nos a través del control de las ideas, y han tratado de controlar las ideas controlando el lenguaje; por lo mismo siempre han favoreci­do a quienes cierran la mente del hombre confundiendo su lengua y han castigado a los que hablaron claro; es lo que cuenta la Biblia que hizo Dios a raíz de la construcción de la torre de Babel.

                 Hoy pululan muchas paradojas que propagan la confusión y que son alimentadas desde los poderes institucionales; voy a referirme solo a una que circula por todos los ámbitos de nuestra cultura, especialmente en los ámbitos educativos, la que reza con el siguiente lema: Somos iguales, somos diferentes.

                 Cualquier reflexión sobre el asunto haría resaltar, al menos, tres aspectos de este asombroso lema. Por un lado el afán de adoctrinamiento que subyace a estas campañas, como lo muestra, en primer lugar el tipo de mensajes en forma de consignas o lemas que se utilizan; y, además, el hecho de que tales son las orientacio­nes que reciben los maestros y que a su vez deben trasmitir a sus alumnos dentro de lo que se ha dado en llamar ‘temas, o contenidos, transversales’, o ‘educación en valores’; es decir, contenidos que afectan todas las materias y que, por lo tanto, deben ser desarrollados desde todos los ámbitos de la educación.

                 Por otro lado la hipocresía social que, enarbolando la bandera de la igualdad, construye una sociedad en la que cada vez se acentúan más las diferencias en el sentido de producir élites financieras, políticas, intelectuales, etc., a la vez que genera enormes bolsas de pobreza. Esto sin contar los esfuerzos, económicos y políticos, que realizan los países desarrollados para evitar que los países más pobres alcancen la igualdad; ni siquiera que puedan acceder a ella los individuos que quieren emigrar a los países más ricos para ofrecerse como mano de obra. Así pudo verse el espectáculo vergonzoso que dieron las fuerzas del orden en Melilla, hace unos años, por su actuación con emigrantes africanos; más aún, el gobernador de la colonia agradeció públicamente a los ciudadanos su colaboración con la policía para reprimir a los citados emigrantes. Del mismo tenor son las presiones que recibe España de la Comunidad Económica para que controle sus fronteras y que se traducen en las detenciones de inmigrantes que salpican las noticias de todos los días.

                 En tercer lugar también salta a la vista el contenido mismo del mensaje, la paradoja que encierra. El destino de semejante panfleto es que quien se lo crea asuma su igualdad con el inferior; la otra parte, el que tiene el poder, es quien lanza el mensaje. En 1992 se estrenó una película francesa titulada La Crisis. En ella se cuenta la crisis que atraviesa un hombre de mediana edad (Vincent Lindon) al que abandona su mujer; la película es más que recomendable por la cantidad de pinceladas de ingenio con las que cuenta; sin embargo una de las que más me llamó la atención es que el protagonista se hace amigo de un personaje de barrio que se relaciona a diario con emigrantes y en el momento en que escucha un discurso estereotipado sobre racismo a los amigos ricos del protagonista contesta, más o menos, que si él ocupara uno de los puestos privilegiados de la sociedad tampoco sería racista, pero cuando le toca competir de cerca con los emigrantes, que le arrebatan lo poco que tiene,  no puede dejar de serlo.

                 Defender la igualdad en serio sería hoy más que revolucionario, y ya no estamos para más revoluciones. Sin embargo aún queda una postura honrada: defender la diferencia y a la vez el derecho a la igualdad; esa es la verdad que hay que expresar con claridad: la igualdad es una aspiración, una utopía, no una imposición. Cuando la igualdad se impone sucede lo que ya hemos contemplado en los gobiernos totalitarios de ideología comunista; se impone la igualdad a la baja, se coarta la libertad, se impone la mediocridad y se frena el desarrollo de los individuos como personas. Sin embargo para poder trabajar por la igualdad como meta es imprescindible que a nivel institucional exista una infraestructura social, que permita el progreso hacia la igualdad. Esa infraestructura social tendría dos campos privilegiados de actuación, el económico y el educativo.

                    En las sociedades democráticas casi todos estamos de acuerdo en la necesidad de determinadas prestaciones sociales, con un determinado coste económico para que las clases menos favorecidas puedan realizarse como personas (son exigencias del nuevo estado del bienestar). El otro campo de actuación social, imprescindible para que podamos creernos lo de la igualdad, es el desarrollo educativo. Para que el hombre pueda realizarse como hombre es imprescindible que reciba una educación, instrucción, aculturación, o como quiera llamársele. Sin embargo en una sociedad democrática debe haber sitio para todos y es una contradicción que, en el campo educativo, obliguemos a todos a llegar al mismo nivel, a alcanzar los mismos objetivos. Las oportunidades deben ser iguales para todos, pero pretender que los resultados sean también los mismos es un atentado al sentido común. No podemos escandalizarnos por el hecho de que haya alumnos más y menos listos, más y menos trabajadores; en un mundo de hombres la perfección no es lo habitual, y la existencia de la diversidad debería ser el primer hecho constatado. 

                Pues bien, nuestro sistema educativo se niega a admitir la diversidad de resultados. ¿Saben ustedes que en la Enseñanza Secundaria Obligatoria solo existe una calificación para expresar la variedad de resultados de un alumno entre cero y cinco, mientras que del cinco al diez el alumno puede ser calificado de suficiente, bien, notable o sobresaliente? Más aún, si el alumno suspende la causa hay que buscarla en la metodología, el profesor, el tipo de materia, la falta de motivación; todos ellos aspectos educativos que pueden detectarse, evaluarse y solucionarse; el sistema no permite pensar que el alumno no quiera o no pueda alcanzar esos objetivos, el diagnóstico psicológico excluye la utilización de causas de tipo moral para explicar el fracaso escolar.

                 Al tratar de obtener resultados inmediatos en la búsqueda de la igualdad la enseñanza pública iguala a la baja los objetivos para que la gran mayoría de los alumnos alcancen resultados ‘iguales’. Podría objetárseme que la LOGSE tiene previstos distintos sistemas de atención a la diversidad pero, de hecho, ese es un concepto pedagógico y seudocientífico que se traduce en el esfuerzo continuo de los profesores para que los que no quieren o no pueden consigan algo a costa de los que sí tiene ganas y posibilidades, que se quedan sin poder desarrollarlas; así todos seremos cada vez más iguales.

         Las democracias occidentales tienen un  grave problema, relacionado con la educación, aún sin resolver; surge de la contradicción derivada de la defensa de las libertades y la obligatoriedad de la enseñanza. En teoría el sistema reconoce  el derecho a la libertad a la hora de elegir nuestro destino, sin embargo no reconoce, de hecho, la posibilidad de que los alumnos elijan opciones desviadas de los cánones establecidos en el sistema de enseñanza obligatorio. Para evitar esta paradoja recurre a los tópicos más rancios, como este de la igualdad, o el de la bondad natural, que últimamente también se está revelando como un mito poco realista.

         La solución está en que el sistema ofrezca de verdad el derecho a la igualdad y a la vez respete la libertad del individuo. Esto no significaría que todos los ciudadanos tengan las mismas metas o que todos los alumnos tengan los mismos proyectos ni que se propongan o alcancen los mismos objetivos, sino que todos tengan el derecho a vivir en condiciones sociales y educativas que les permitan desarrollar sus potencialidades personales y alcanzar sus objetivos.

 

 

Jesús Angel Martín Martín

Valladolid, 2002