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J.J. ROUSSEAU

Las confesiones. Madrid. Espasa-Calpe. 1983

Selección de textos.

 

Éstas fueron las primeras emociones de mi vida: así comenzó a forjarse y exteriorizarse este mi tan tierno al par que orgulloso corazón, este mi carácter afeminado pero indomable, y que, al fluctuar de continuo entre el valor y la flaqueza, entre el abandono y la virtud, me ha puesto siempre en oposición conmigo mismo; de aquí que no haya logrado realizar ni la abstinencia, ni la sensualidad, ni la prudencia, ni la disipación.

La lisonja, o, mejor dicho, la condescendencia, no es un vicio siempre, y sí más bien, y con frecuencia, una virtud, entre los jóvenes sobre todo. La bondad con que nos trata una persona nos atrae, y si cedemos no es para engañarla, sino para no entristecerla, pagando con mal el bien.

Por consiguiente, no hallaron en mí tanta facilidad como esperaban, ni respecto a las luces del talento ni respecto a la voluntad. Generalmente, los protestantes son más instruidos que los católicos. Es muy natural: la doctrina de los primeros exige la discusión; la de los segundos, la sumisión. El católico debe aceptar lo que le dicen; el protestante debe conocer para decidirse. Esto lo sabían muy bien; pero no esperaban, por mi posición y mi edad, dificultades grandes para gente ejercitada.

Mi poca fortuna con las mujeres ha sido siempre efecto de amarlas con exceso.

Mucho después he observado que este modo seco de interrogar a las personas para conocerlas es una manera bastante común en las mujeres que se precian de tener talento. Se imaginan que, no dejando aparecer su modo de sentir, lograrán penetrar el de los demás; pero no comprenden que de este modo le quitan a uno el valor para exponerlo. Sólo por esta causa, la persona a quien se interroga comienza a ponerse en guardia, y si cree que, sin tomarse por ella un interés verdadero, no se desea más que hacerla hablar, miente, o se calla, o anda con tiento exquisito, prefiriendo pasar por tonta a ser juguete de la mera curiosidad. En fin, siempre es un mal sistema para leer en el corazón de los demás el dejar entrever que se oculta el propio.

En mí se juntan dos cosas casi incompatibles, sin que yo mismo pueda comprender cómo-. un temperamento muy ardiente, pasiones vivas, impetuosas, y lentitud en la formación de las ideas, las cuales nacen en mí mente con gran trabajo, y nunca se me ocurren hasta después que ha pasado su oportunidad. Parece que mi corazón y mi cabeza no pertenecen a un mismo individuo. El sentimiento, más rápido que una centella, se apodera de mi espíritu; pero en vez de iluminarle, me quema y me deslumbra. Lo siento todo, pero nada veo. Estoy como arrebatado, pero estúpido; necesito hallarme tranquilo para poder pensar. Lo particular es que, no obstante, tengo bastante acierto, penetración y hasta agudeza de ingenio, con tal de que me dejen tiempo; hago una improvisación excelente con calma, pero de pronto no he hecho ni dicho nunca más que tonterías.

La ociosidad es en la sociedad, a mi entender, un mal tan grande como la soledad. Nada envilece tanto el entendimiento; nada engendra más fruslerías, chismes, murmuraciones, enredos y mentiras que el estarse cara a cara varias personas en una habitación, viéndose reducidas a la necesidad de charlar continuamente por toda ocupación.

Después de un o dos horas de conversación, dedicábame a mis libros hasta la hora de comer. Empezaba por alguno de filosofía, como la Lógica de Port-Royal; el Ensayo, de Locke; Malebranche, Leibnitz, Descartes, etcétera. Pronto eché de ver que todos aquellos autores estaban e perpetua contradicción entre sí y formé el quimérico proyecto de concertarlos, proyecto que me fatigó mucho y me hizo perder bastante tiempo.

Se me puso en la cabeza adquirir memoria a la fuerza y me obstinaba en retener mucho; para conseguirlo, siempre me llevaba algún libro, que con increíble esfuerzo estudiaba y repasaba trabajando. No sé cómo mi tenacidad en continuar tan vanos trabajos no acabó por atontarme. Lo menos he aprendido veinte veces las églogas de Virgilio, de las que no sé una palabra. He perdido o truncado una multitud de libros por la costumbre que tenía de llevarme algún volumen a todas partes, al palomar, al jardín, al huerto, a la viña. Cuando algo me distraía, colocaba mi libro al pie de un árbol o sobre la cerca; luego me olvidaba de recogerlo, y me sucedió muchas veces hallarlo al cabo de quince días podrido o bien estropeado por las hormigas y los caracoles. Este furor de aprender se convirtió en una manía que me dejaba como entontecido, estando sin cesar ocupado en murmurar entre dientes alguna cosa.

En el verano de 1749 hizo un calor excesivo. De París a Vincennes hay dos leguas, y yo, que no me hallaba en estado de pagar coches, me iba a pie a las dos de la tarde cuando me hallaba solo y andaba aprisa con objeto de llegar más pronto. Los árboles del camino siempre podados, al estilo del país, apenas daban sombra, y a menudo, rendido de calor y de fatiga, me dejaba caer en tierra no pudiendo más. Para moderar mi paso, llevaba siempre algún libro. Un día tomé el Mercurio de Francia, y andando y leyendo, encontré este tema, propuesto por la Academia de Dijón para el premio del siguiente año: El progreso de las ciencias y de las artes ¿ha contribuido a corromper o a purificar las costumbres?

Así que hube leído esto se abrieron a mis ojos nuevos horizontes y me volví otro hombre. Aunque tengo un vivo recuerdo de la impresión que me causó, se me han olvidado los pormenores, después que los inserté en una de las cuatro cartas dirigidas al señor de Malesherbes;

Me sirve la memoria mientras de ella me fío; pero desde el momento en que confío el recuerdo al papel, me abandona, y cuando escribo una cosa no la recuerdo ya más. Esto me sucede también con la música. Antes de aprenderla sabía de memoria innumerables canciones; mas tan luego como supe cantar con el papel delante, no he podido retener ninguna, y dudo mucho que pudiese recitar una completa, aun de las que más me han gustado.

Escribí este discurso de un modo muy singular, que casi siempre he seguido en todas mis demás obras. Le consagraba los insomnios de mis noches. Meditaba en el lecho con los ojos cerrados, y volvía y revolvía los períodos en mi mente con inexplicable dificultad; luego, cuando quedaba satisfecho de ellos, los conservaba en mi memoria hasta que pudiese trasladarlos al papel; pero al tiempo de levantarme y vestirme todo se me olvidaba, y cuando me había colocado enfrente de] papel, no recordaba nada de lo que había compuesto. Ocurrióseme tomar por secretario a la señora Le Vasseur. La había alojado con su hija y su marido más cerca de mí y venía a mi casa todas las mañanas, para ahorrarme un criado, a encender lumbre y hacerme la comida. A su llegada, desde la cama, le dictaba el trabajo de la noche; y este sistema, que he seguido durante mucho tiempo, me ha evitado muchos olvidos.

Cuando estuvo concluido este discurso, se lo mostré a Diderot, a quien le agradó, indicándome algunas correcciones. Sin embargo, esta obra, llena de calor y de energía, carece absolutamente de método y de orden; de cuantas han salido de mi pluma es la más débil de raciocinio y la más pobre en cuanto a número y armonía, pues aunque nazca uno con algún talento, el arte de escribir no se aprende repentinamente.

Me contentaré con decir que fue tal, que entregando mis hijos a la educación pública, por serme imposible educarlos yo mismo, al destinarlos a ser obreros y campesinos mejor que aventureros y caballeros andantes de la fortuna, creí hacer un acto de ciudadano y de padre, y me consideré como un miembro de la república de Platón. Desde entonces, más de una vez, el pesar me ha indicado que me equivoqué; pero mi razón, lejos de decirme lo mismo, a menudo ha bendecido al Cielo por haberles librado así de la suerte de su padre y de la que les amenazaba cuando me viese obligado a abandonarlos. Si los hubiese llevado a las señoras de Epinay o de Luxemburgo, que, ya sea por amistad, ya por generosidad, ya por cualquier otro motivo, quisieron encargarse de ellos posteriormente, ¿habrían sido más dichosos, o, al menos, habrían sido educados como hombres honrados? Lo ignoro; pero estoy seguro que les hubieran enseñado a odiar, y quizá a ser traidores a sus padres; es cien veces preferible que no los hayan conocido.

Mi tercer hijo fue también entregado a la Inclusa, así como los dos siguientes, pues en junto fueron cinco los que tuve. Este proceder me pareció tan bueno, tan sensato, tan legítimo, que si no me jactaba de ello sólo fue por respeto a la madre; pero lo dije a todos los que sabían nuestras relaciones;

Mi talento consistía en saber decir a los hombres verdades útiles, pero duras, con bastante valor y energía; fuerza era atenerse a esto. Yo no había nacido para decir lisonjas, ni aun siquiera para cantar alabanzas. El poco acierto de las que he querido formular me ha causado más daño que la acritud de mis censuras.

Hacía mucho tiempo que reparaba el enfriamiento del suyo. Conocía que yo no era ya para ella lo que fui en nuestros buenos años, y lo sentía tanto más, cuanto que ella era para mí siempre la misma. Volví a dar con el mismo inconveniente, cuyo efecto había experimentado cerca de mamá, y este efecto fue el mismo con Teresa, No vayamos a buscar perfecciones que no ofrece la naturaleza: lo mismo sucedería con otra mujer cualquiera. Por muy razonable que me hubiese parecido el partido que había tomado respecto de mis hijos, jamás me había dejado el corazón completamente tranquilo. Al meditar sobre mi Tratado de la educación vi que había descuidado deberes de que nada podía dispensarme, y mis remordimientos fueron, al fin, tan vivos que casi me arrancaron la confesión pública de mi falta; al principio del Emilio tan fácilmente se trasluce, que parece imposible que, en vista de este pasaje, haya habido quien tuviese valor de echármela en cara. Mi situación era entonces la misma y aún peor por efecto de la animosidad de mis enemigos, que no deseaban otra cosa sino hallarme en falta. Temí la reincidencia, y no queriendo correr este riesgo, preferí condenarme a la abstinencia a exponer a Teresa a verse de nuevo en el mismo caso. Por otra parte, había observado que el uso de las mujeres empeoraba sensiblemente mi estado, Este doble motivo me había hecho tomar determinaciones que alguna vez había infringido, pero en que persistía con mayor constancia hacía tres o cuatro años; de esta época data también el enfriamiento de Teresa.

La ociosidad de las reuniones es mortal por ser forzada; la del aislamiento es encantadora por ser libre y voluntaria. Estando en compañía, me mortifica no hacer nada, por lo mismo que estoy obligado a ello; fuerza es permanecer allí clavado en una silla o en pie, plantado como una estaca, sin mover pies ni cabeza, sin atreverme a correr, saltar, gritar ni gesticular cuando me viene tal deseo, sin atreverme ni aun a meditar, teniendo a la vez todo el fastidio de la ociosidad y todo el tormento de la sujeción; obligado a prestar atención a todas las tonterías que se dicen, a todos los cumplimientos que se hacen y a fatigar incesantemente mi espíritu para no dejar de colocar a mi vez mi equivoquillo y mi embuste. ¿Y a esto se llama ociosidad? Esto es un trabajo propio de forzados.

El sosiego que yo deseo no es el de un haragán, que permanece con los brazos cruzados, en total inacción, y no piensa, porque no se mueve. Es a la vez el de un niño que se mueve sin cesar para no hacer nada, y el de un viejo chocho que divaga en tanto que sus brazos permanecen quietos. Me gusta ocuparme en hacer bagatelas, empezar mil cosas sin acabar ninguna, ir y venir a mi antojo, cambiar de proyectos a cada instante, seguir el vuelo de una mosca, querer perforar una roca para ver lo que está debajo, emprender con ardor un trabajo de diez años y abandonarlo sin pesar a los diez minutos, malgastar el día entero sin orden ni concierto y no seguir más que el capricho del momento.